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Cuentos varios ordenados cronologicamente

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El loco.
I
Tirado en un piso de remotas fechas, respondiendo a los ecos remanentes del olvido, yacía inerme el loco, el que provocaba compasión y a la vez odio. Infame por todos, menos por su maltratada memoria. Era acusado y odiado por razones para él ya ignotas. La ocasional gente madura –maniqueos consumados- al verlo en ese traspatio abandonado de la iglesia, de inmediato lo escupían con repudio. Ya los golpes de esa torturada vida le parecían el único contacto con las personas. Ya que la soledad es un agente poderoso, que puede provocar ambigüedades en la percepción de las cosas, y más, cuando se toca fondo de la mano de ella, en los intrincados recovecos del dolor.
La lluvia ahora cae sobre su deformada cara, se desliza como encima de un árbol muerto, no provoca nada, todavía nada, sólo los ecos que, una vez más, se sorprende respondiendo y mirando como fantasmas.
¡Estúpido, de donde sacaste esto!, tu padre te hubiera matado, y yo lo voy a hacer por él. En una gota fría apareció de pronto un puño que se precipitaba en su rostro, otra gota, otra y otra... ¡Te voy a matar!, jamás volverás a buscar donde nadie te llamó, ¡No tenías derecho!, ¡Perro!, no tenías derecho. La voz con rostro de lluvia se va fragmentada en sollozos mientras los golpes de las gotas aminoran en intensidad y se secan en el calor del dolor renacido. Los pañuelos, sus brazos, abrazan sus hombros, su nuca, su espalda, se clavan las uñas en sus mejillas, sabía que la voz lejana tenía rostro, sabía quien era y los recuerdos le abordaban como olas furiosas a una pequeña balsa en la tempestad. Y lo evitaba, simplemente no dejaba que lo inundaran con más lágrimas. Sucedía entonces la crisis, la bifurcación, visiones contorsionadas e inconscientemente dirigidas en un profundo sentir auto punitivo. La gente lo miraba agitándose en el fango, retorciendo el cuello diciendo que no, pero un no inerme, que dejaba pasar una apabullante galopada de momentos heridos.
El pobre fraile angustiado y misericordioso, implora a santos difuntos encomendados, -a los que todos desean olvidar-, los santos patronos de los locos. Mientras lo trata de levantar con trabajos y, sí, un poco de repugnancia y desesperación, por un día en que todo termine y él pueda esperar, ya con calma, la redención del cielo ganada a pulso con los cuidados de un loco que nadie quiere; quizá sólo por la inercia y los comentarios de los enterradores.
II
Apenas un viento basta, un perfume, la melodía no escuchada en años, las formas de las nubes encima de las murallas de siempre. Para que los recuerdos se asocien y afloren, trayendo no importa que hilos de la memoria, los cuales jalados harán que se desplome el techo de una buhardilla, clausurada por un candado que solamente éste se sabe porqué lo colocaron, quizá para encerrar a fieras malditas, máculas del espíritu en los albores ilusos. Y con el hilo vienen a la mente, al primer plano: un niño jugando.
Es un día caliginoso, -quizá visto así por la lejanía y no por la fidelidad de la memoria-, la bruma cubría las flores del patio donde las mariposas pululaban ahogadas en un rincón. La hermana de su padre, rostro de lluvia, lo miraba con desdén jugar en el jardín húmedo, mientras él trataba de probar el viento. Cuando un gato salido de la nada atrapó una mariposa y corrió con ella al sótano.
Apresurado por no perder de pista al gato, lo encontró en un montón de tiliches, revolcándose mientras aprisionaba con sus garras al insecto que todavía aleteaba con una sola extremidad. Miraba absorto al felino, el cual corrió como loco cuando otra mariposa penetró en el sótano y se posó en una de las musgosas paredes. El gato daba saltos para atraparla, trepaba las paredes, se revolcaba en el suelo; grandes cantidades de salitre caían despellejado junto con terrones de cemento y tabiques. La mariposa salió y el gato también. Solo, divertido, aún con las imágenes del gato dando saltos, encontró el preludio a su locura.
Decidido a limpiar la tierra dejada en los muebles, en un impulso de inocente disposición, para bien quedar con su Tía. Movió algunos de ellos, también alguna ropa amontonada, unos cuadros, una caja – enorme para su edad- que al moverla sonó como si estuviera llena de cristales, curioso la abrió y en ella estaba un sobre pequeño. Sentado, lo abrió y se dispuso a “leer”, cosa que podía presumir ya desde un año. Entonces vio unas letras apretujadas y a simple vista sin sentido; parecían una tarea cansada y lo dejó caer, cuando por simple reflejo, al seguir el sobre que no atinó en caer en la caja, detrás a ésta, encontró un agujero y adentro una cajita de madera con pintura dorada; adornado con encaje y con unas manchas de pintura granate que se escapaban a la madera. Dentro de la caja había otro sobre igual, con la misma letra apretujada, pero esta también llena de la pintura oscura. Más intrigado, se propuso leer los dos papeles.
Después de descifrar por espacio de unos minutos, pudo al fin reconocer el nombre de su padre al final del papel- ya que para ciertos niños les es más natural empezar a leer las cosas al revés, y también quizá porque era una palabra aislada y pequeña-. Lo más curioso era que la letra se volvía diferente hacia el final. Diferencia que a los nueve años no es posible relacionar con cierta ansiedad o angustia, que no permite que haya coordinación en el momento de escribir algo que realmente nos trastorna. Decidió guardar uno de los sobres; porque la sola tarea de entender la letra le resultaba tedioso y aburrido; aunque las ganas de saber de que se trataba le era superior, su orgullo de poder entender las palabras se había aminorado.
Notó como su Tía, dos días después del descubrimiento, se había vuelto más veleidosa de lo normal. Desde que su padre murió precisamente en esa casa, cuando él tenía tres años, lo habían dejado bajo la tutela de su Tía; la cuál desde que recuerda nunca se mostró afable con él, pero sin dejarlo de atender en sus necesidades. De su Madre no sabía nada, en las noches se preguntaba de una manera casta, si su Tía fuese su madre; fijación mental que un día logró le dijese inocentemente Mamá, a lo cual su Tía le propinó una cachetada, dejándolo llorando en un rincón.
Se preguntaba, alejado en el campo, al tratar de leer la carta, si su Tía vigilaba frecuentemente el sótano, dado el hecho de su actitud cada vez más recelosa ante él. Al cabo de varios días pudo descubrir con el corazón en vilo, lo vislumbrante de las letras chuecas, escritas casi rasgando el papel. Por fin pudo entender el texto completamente.
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No sé si llamarte limpiamente, no, no puedo escribirlo. La verdad es muy dura. Los dos hemos cometidos errores, lo sé. Pero porqué hasta este momento me doy cuenta de ellos. Parecía una salida normal a nuestros anhelos, a nuestros encuentros – o deberé llamarlos desencuentros-. Me siento tan sucio.
Ahora me tengo que alejar en definitiva. Piénsalo muy bien, por eso te lo quise decir escrito, para que lo pensaras, para que repasaras una y otra vez que nos hace bien, el separarnos. Ya bastante tenemos con que nuestros padres no hayan enviado al exilio y seguir soportando nuestros pecados juntos. Egoístas, falsos, corruptores.
Nunca voy a perdonar a nuestros padres, o nuestros tíos, ¡ya no sé!, así como tampoco no nos soportará nuestro hijo, sí, nuestro. Temo que un día se entere, por lo que te pido por favor que quemes esta carta en cuanto te sea posible.
No quiero que él también sienta esta supuesta emancipación que sentimos al descubrir el secreto de nuestros padres, ese maldito secreto que ahora me ahoga y me deja ver que fue el pretexto que liberó a un demonio que quizá, tú también albergabas inherente. Quizá esto, sí se herede.
Adiós
José P.
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Un mar de incertidumbres lo albergaba de pronto, no lograba entender todo, ¿porqué los iba a odiar?, se refería a su Tía como su madre, eso estaba claro. ¡Pero si era su hermana!, ¿realmente se podía hacer eso?. En la iglesia le enseñaron que los nietos de Adán y Eva se tuvieron que casar entre sí, para tener que poblar la tierra, que entonces no era pecado, por que era necesario. Acaso sería necesario que sus padres fueran hermanos. Pero porqué ella no lo quería a él. Sintió un profundo resquebrajamiento en el pecho. El cielo le parecía caérsele encima. Los pájaros cantaban con sorna una melodía oscura procedente de la desilusión y el rencor. El encono, lo falso, el engaño, su madre, cara de lluvia.
De pronto recordó que sólo era una de las cartas, y la otra, ¿qué diría?. Fue rápidamente hacia la casa, los vientos infernales del norte le recuerdan el brío con que cruzaba los prados y saltaba las cercas, hasta llegar al pueblo, cinco, dos casas, tomar la perilla del sótano, entrar. Un corazón agitado por la correría y de pronto ser sacudido hasta el borde de paralizarse de miedo, después de ira. La Tía lo esperaba.
Los azotes en medio de gritos desesperados, no le impedían decirle a su Tía que le explicara, que le dijera quien era en realidad. Tenía tanto rencor y su alma estaba llena de desilusión.
Encerrado en su cuarto con dos días sin comer, vio como la puerta se abría lentamente. La Tía lo tomó del cuello y le dijo furiosa, ¡Mira imbécil!, tengo la certeza de que en tu cabecita aún quieres buscar el maldito papel pero, ja, nunca lo verás. Yo rompí lo que guardaste ilusamente y, además, tu padre se llevó a la tumba todas las cartas que me mandaba, y con ellas nuestro secreto, que tú, ¡idiota!, ¡iluso! quisiste descubrir. Todo, está muy bien enterrado. Gritaba, pero ya no para él, pues no necesitaba darle tantas explicaciones, sino parecía que lo hacía para sí misma, con cierto sabor a amargura por el largo tiempo; bajo las llagas de la conciencia.
Salió después de aventarlo al suelo, con una risa diabólica que terminaba en tos, que hacía tiempo no la dejaba en paz; – ojalá que se muera – pensaba el niño engarruñado, abrazándose, dando vueltas una y otra vez a la idea de que el secreto de su identidad yacía en la tumba de padre.
III
El agua escurría bajo su espalda. Toda la noche tuvo una pesadilla infernal con un papel que se le mostraba en el umbral de una caverna. Noche revuelta de ansiedad y tristeza, donde lo único es querer ir a donde los cuerpos se libertan y mezclan con la tierra.
El fraile nota que el loco hace mucho ruido en el establo donde se guarda. Está revolcándose y escarbando en la tierra húmeda y curiosamente tiene los ojos cerrados. ¡Dónde!, ¡Dónde está mi vida!
Por fin, detrás de las rejas picudas se muestra el lugar. La noche lo oculta de las mortecinas luces que parecen perseguirlo. No hay luna que muestre el lugar donde sus lágrimas se pierden. Parece que lo traga el agujero donde sus manos maltratadas buscan su alivio. No sabe realmente si es el lugar indicado, pero sigue buscando. Después de todo ella se ha muerto, y no le impedirá que aflore la semilla insana que depositó en su corazón. La podredumbre guardada en el abismo le abofetea duramente y lo hace meditar un instante. No importa, toda su vida se ha ido al infierno después de que ella murió. La infeliz tuvo su merecido. Ahora sólo después de que pueda descubrir si ella era su madre o su tía, sabrá la magnitud de su homicidio. Lo que lo avergonzaba al fin de cuentas, era el placer oculto con que enterró en la cabeza un madero que fue afilado noche con noche.
Los huesos parecen estar más blancos de lo que pensaba. Sólo un sobre yace a un lado, casi se deshace.
Si la locura es una máscara que nos oculta un mundo intangible para los demás pero sumamente perceptible al que se refugia en ella, ¿no es que estamos todos locos?. Soñando en el día, mientras desaparecemos lo que no nos gusta en la noche. Desapareciendo poco a poco, lágrima a lágrima, golpe a golpe una idea de que nos atormenta, una imagen que nos dentellea el corazón.
Si la venganza existió sin causa y ahora es otra vez necesaria, se recordará con placer el momento en que dio la muerte. Para que realmente sea llamada venganza, no importa que la mente se envuelva en una funesta paradoja sin fin. La muerte condujo al muerto y esto reafirma las ganas de matar a la que ya murió. Sería esa la emancipación de la que hablaba su padre. La liberación de un demonio, de un extraño Edipo.
Se sentó al borde de la tumba violada. A pesar de ser descubierto decidió encender la pequeña lámpara de petróleo que traía consigo a propósito. Tenía mucho miedo.
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¿Por qué?. Es la única pregunta que resuena con más frecuencia en este fatídico día. No sé aún por qué estas ganas de pseudo perpetuar las cosas en estos papeles.
Mis ojos, mis ventanales enclaustrados por la muerte de la piedad, los siento como esponjas sin agua, comprimidos. Mis labios están secos y mi lengua amarga. Es estos momentos de malestar físico, quisiera maldecidlos, aniquilarlos con furia. Pero el sólo hecho de traer a mi mente sus figuras... me lastima tanto.
Ahora tengo tanto miedo, quizá sea pavor. Temo por este hijo guardado en mí. Ella estaba poseída, incluso me maldijo cuando, estaba montada arriba de ese animal. Maldita, ¡los dos sean malditos! ¡Qué no eran hermanos los bastardos! ¡Son unos execrables degenerados!
Necesito desahogarme, quizá sea un buen momento para beberme esa botella que tengo guardada desde el año pasado. Quisiera tragármela con todo y vidrios. Pero, ¡qué estoy pensando!, mis entrañas guardan a un inocente. Un ángel que crecerá y no será maculado por la perversión de su padre y su tía. Él tendrá que vivir. Si es que no termina por matarme esa perra. Ahora entiendo su maliciosa mirada, su lasciva forma de acariciar a José. ¡Tengo tanta rabia! Es inevitable la imagen de verlos cometer ese acto repulsivo, como si dos animales de clase distinta se aparearan de forma violenta. Fornicando con algo más que sus cuerpos, fornicando con el temperamento de un demonio.
Sólo espero que esa bruja no enloquezca –si se puede aún más- y venga a lastimarme... ¡a matarme!. ¡Dios aparte de su mente ennegrecida la idea de herir mi cuerpo tanto como mi alma!
21 de julio.
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Tuvo una vez una madre –según la carta-, la cual temía que la hermana de su esposo la matara, pues los había descubierto cometiendo el incesto de manera salvaje, cuando ella esperaba a su hijo. No era una carta, era una página del diario de su madre.
IV
El llanto se desató, el alma se despeñó en una insondable caída al foso del dolor. No había de donde sostenerse. Se detenía de los huesos, pero estos se deshacían. Todo daba vueltas levantando un viento caliente que mareaba a su enloquecida mente. Hasta que por fin, llega el rescate por unos brazos que le salvaron de caer ahogado, en las fauces terregosas de la muerte llena dolor. Lo sacan a rastras del cementerio y lo llevan a la cárcel, donde todavía siente que lucha con unos brazos regordetes.
Hijo por Dios, levántate es la hora de que comas algo, por caridad deja la tierra en paz El fraile lo trataba de levantar con mesura y paciencia. Recordando una vez más (siempre que sea necesario), que el cielo se gana gracias a obras que Dios, en su afán de ponernos pruebas de este tipo - tan laboriosas y tan onerosas- logra que el espíritu se engrandezca y alcance la gracia de morir con el alma tranquila.
¡Déjame en paz!, eres el diablo, hijo de la noche ensangrentada, que me ha orillado a todo esto-. Arrojando un puño de tierra a los ojos de su benefactor nunca reconocido, se arroja en carrera contra su gran estomago y lo hace caer en el fango hediondo por excrementos.
Una vez más el fraile recurre a la obsesión que ennoblece a su proceder. Pero el loco lo escupe y encuentra una estaca larga con la cual logra tumbarle un par de dientes; sigue maldiciéndolo y llamándolo demonio, cuando de pronto siente un golpe proveniente del Fraile en los testículos que lo paraliza y lo hace arrojar el arma. ¡Me tienes cansado!, Habías bien de morirte y dejar a este pobre servidor de Dios vivir, ¡realmente vivir! gritaba el Fraile con la boca sangrante a borbotones. De pronto todo se ha puesto blanco para el loco, como si ese fuera el color del hastío del hastío. Se ha llenado todo al tope y no hay cabida para más dolor. Pero en la más ínfima parte de sus latidos, encuentra al fin alegría, siente como sale el aire por sus temblorosos labios que dan el preludio a la terminación, a la separación, al extremo del pico escarpado que permite atisbar que todo dolor terminará. Es un áurea esquizofrénica, un beso antes del resquebrajamiento de su alma mortal. En su memoria, juegan las imágenes y logran formar un rostro hermoso, femenino, materno; le acaricia con su mirada y le alivia suavemente, como tantas veces soñó angustiado, con una melancolía por el tiempo que vivió en su madre, guardado. Un ángel redentor delante del soñado rostro de su madre, le muestra la salida al infinito, hacia la anestesia sempiterna. ¡Cómo quisiera volver a la placenta!, a esa panacea maternal donde las lágrimas mismas nos alimentan. Se arroja con frenesí a los brazos del ángel guía, quien lo mira con ojos de fuego y le clava una mano helada en el corazón. Siente entonces el último dolor que era necesario para soñar la vida.
El Fraile arroja una astilla y se mira las manos llenas de sangre que, al secarse, tienen el mismo color granate que el cofre guardado por la tía del loco. Reflexiona, junto al cuerpo de un muerto con una estaca, -muerto sonriente- acerca del infierno.
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Muerte Vanidosa.
I
Felix, recorría angustiado, las paredes, desde hacía ya tiempo en aquella vieja casa; cúmulo de recuerdos de antepasados diluidos en la muerte. Se arrancaba los cabellos, pensando que no valía en absoluto ya la pena de vivir, y que Alejandra seguramente estaría muy feliz con su nueva adquisición y lo habría apartado totalmente de su concupiscencia. Se revolcaba, algunas ocasiones en grescas internas, buscando alguna respuesta, la cual nunca alcanzaba por la desesperación que le perturbaba en todo momento.
Vivía en una de las tantas casas antiguas de su barrio, construida sobre antiguos cementerios de Señores bárbaros. Había conseguido esa modesta casa para poder vivir con Alejandra.
Ahora ella se había marchado apenas una semana. En la cara tumultuosa que logra recordar, sólo atisba unos labios deletéreos que lo hieren con la verdad. Cicuta amarga para despedirse de las calles duras, esas que parecen que el sol recorre como agua de lluvia.
En la noche despierta de la pesadilla que se ha vuelto costumbre desde que apenas lo dejó la sombra que decía amarlo hasta la muerte. La pesadilla lo flagela, lo desgarra y logra que se ahogue en sus lágrimas. Mira hacia el agrietado techo de vigas. Piensa en sus amigos, hace tiempo no los ve. Se imagina como van a llorar, como irán corriendo avisarle a Alejandra y ella, se desatará en remordimientos para después darse cuenta de lo valioso que es él. ¡Ah! Qué gozosos pensamientos, los cuales examina con morbo, una y otra vez. ¡Qué venganza tan nocturna!, debería hacerlo para que pague con esa atadura todo el dolor fluido que le ha causado en las noches petrificadas. Se detiene. Sus padres van a sufrir mucho con su muerte, no sería justo, que egoísta es pensar en la autodestrucción cuando hay personas que sí nos aman. Se duerme, los ojos ya no aguantan más lágrimas, se han cansando y vuelve a la pesadilla.
Se levanta y mira el reloj, es todavía de madrugada, se ha pasado la noche sollozando entre sueños y sus ojos los siente muy inflamados. ¡Porqué Alejandra era tan falsa!, no..., no era falsa nunca más. Ella admitió que su cuerpo le pedía placer y que no lo podía evitar, que era mejor que él lo supiera y no seguir realizándolo a sus espaldas. Había tenido sexo con varios de sus amigos, ¡qué importa ya con cuáles y cuántos!, pero, lo seguía amando, porque ella había logrado separar el cuerpo del alma, y esa alma estaba enamorada de él.
Ahora se ríe amargamente, su moral era otra, se había enamorado de una mujer con la moral totalmente dispar y no la podía aceptar. Maldice la moral ideal que lo hace sufrir. Al fin, ¿serían los ideales deontológicos, ella o él mismo, los que lo habían conducido a la helada noche moribunda en que volaba maltrecho?
Otra vez, se imagina muerto. El momento de consumar su muerte la brinca como una escena innecesaria, era cobarde; sí, dicen que los suicidas son pávidos, pero necesitaba valor para matarse. Mientras, se recrea en la oscuridad recorriendo las calles viejas en un ataúd vetusto, que flotaba sobre una niebla de perdones olvidados en el tiempo. Mira como a su alrededor, una turba familiar le llora e imploran al cielo que regrese. Mientras él sonríe satisfecho y les dice – ¡Ya ven, nadie sabe lo que tiene, hasta que lo ve muerto! ¡Pero miren no estoy muerto!- la gente lo acude y abraza. Se regocija en esos pensamientos, cuando estos se interrumpen abruptamente, cuando sus padres son imaginados llorando por él. Descansa de la terrible batalla que se sucedía en su cabeza adolorida de tanto jalar su pelo. Otro día más se va, ¿cuántos van? Mira a un lado de su camastro y se pregunta si el vaso de agua se convertirá en lágrimas agostadas por su rostro enrojecido.
II
Una noche tomó un libro maltratado que Alejandra había abandonado, tirado detrás del sofá. Cuando ella se rió de él en la mitad de aquella noche funesta, remembrada constantemente. Era un libro del poeta Maiakovsky.
Leía con desgano, con la idea permanente de que en aquellas páginas, se habían clavado la mirada de la mujer que más había amado, aquellos hermosos ojos melancólicos que parecían lumbreras extasiadas escudriñando el universo. Acariciaba página por página, como queriendo iniciar un rito de vuelta al pasado. Su mirada vagaba dando tumbos por las líneas del poeta cuando, leyó al final de la hoja los versos:
“Hay que arrancar,
el goce,
a los días futuros
En esta vida,
morir es cosa fácil.
Construir vida,
es mucho más difícil.”
Su cuerpo se estremeció. Reflexionó durante mucho tiempo esas palabras; releyó el poema entero. Su tendencia suicida se bamboleaba del lado de la cordura al lado sollozante, pasional. Tenía que enfrentar al sufrimiento, no se iba a desplomar tan fácilmente. La vida siempre es difícil y, ”lo que no nos mata, nos hace más fuertes” – recordaba el adagio del consuelo – hay que mirar hacia el frente, ¡ya vendrán otros amores!, los cuales nos consolarán, nos limpiarán las lágrimas. No, es mejor que aún no, se necesita estar sanado de esta herida y sólo así se podrá realmente amar.
Una sonrisa le iluminó su solitario rostro. Decidió entonces salir a dar una vuelta a la ciudad para despejar la mente y desenredarse con lo trivial. Caminó durante largo rato, hasta que, como fulminante rayo, sus ojos y su alma recibieron la descarga de ver, a su antigua amante del brazo de un desconocido. No era coincidencia, pues el caminar por las calles que ella frecuentaba, hacía inevitable que él llegara a presenciar esto. El fantasma lo volvió a posesionar. Con la mirada vaga se fue a sentar junto a la iglesia.
Las hojas del jardín parecían caer más lento, y sus ojos acompañaban su lento descender, se humedecían hasta perderlas de vista. La tarde caía con su montón de enamorados fugases, a los cuales se odiaba y a la vez se menospreciaban, porque eran ilusos, porque no conocían, no contenían la otra cara del amor, la cual en es ese instante le corroía el recipiente donde guardaba sus recuerdos llenos de un edén que agonizaba.
Se preguntaba el porqué era tan débil, otras personas ya han pasado por esto y seguían en pie, o, aparentan estarlo. De qué lugar sacar fuerzas, si todo lo centró en el amor. Creyó que ella por fin sería la redención a todo dolor que había sufrido desde su infancia.
Sacó de su saco un papel donde estaban escritas las palabras que ahora necesitaba con fervor, era un mensaje de Alejandra por su cumpleaños, le daba explicaciones por no poder estar con él. Al final de este le decía lo mucho que lo amaba. El viento comenzó soplar con furia, le arrancó con fuerza el papel para perderse entre la gente que salía de la iglesia con campanas dobladas.
No soportaba más sus pensamientos autopunitivos y deseaba contárselo a sus amigos más cercanos. Fue de casa en casa pero no encontró más que a uno que lo recibió con prisa. Le oía a medias todo lo que deseaba desahogar, dándole remedos de consejos. Mientras transcurría esto, desilusionado –aún más- se sintió que no tenía amigos. Salió de esa casa inventando un pretexto. El otro le dijo al despedirse: “todo tiene solución menos la muerte”, mientras lo invitaba a comer al día siguiente. Volvió a refugiarse en su egoísmo causado por el egoísmo de los demás, la idea de su muerte.
Caminado por las calles se dio cuenta de que no tenía los medios para acabar con su vida. Era quizá la prueba de que si los tuviera, no tendría el valor de terminar con su vida. ¿Qué pasaría si tuviera los medios accesibles? Reflexionó, no hacía falta una pistola u otra arma.
Muy pronto todos se darían cuenta de lo que él valía; pero principalmente ella, que lo despreció, la que lo engañó, y lo hizo ahogarse en la desesperanza. Todo por entregarse tanto a ella, a la persona equivocada, y ¿quién sabe quién es la indicada?, él ya no lo sabe.
III
Quizá fue Eolo quien en fatigado silbar lo empujó hasta este acantilado rodeado de estrellas. Las nubes se van esparcidas con un canto gimiente, amargo, tan salado que recordaba el agua del mar de una primavera cuando todo era perfecto, cuando ella reposaba al lado de su espíritu. Pero esos son sólo recuerdos que desgastan el aire enrarecido del alma que quiere morir, poco a poco.
Mira sus pies, están muy por encima del despeñazo. La altura lo marea y le perturba la idea de arrojarse a los brazos del abismo que le llama con su cálido sabor de olvido. Es un refugio del frío infinito que le cerca al corazón desolado. Piensa, mientras mira hacia las únicas testigos que parecen condenarlo, estrellas de la cúpula de noviembre; piensa que esos son los últimos instantes. Busca en su antitesis de cornucopia, los recuerdos más tristes, y quiere alimentar su frenesí, ¡ir a la par del bóreas más furioso que ha sentido en su vida!, ¡volar en el instante mismo del trueno y así, emancipar su vida!
¡Ah!, el vino de la pasión maldita. Renacida con las lágrimas de los cuervos, que sacaron las pupilas observantes del cuerpo desnudo del amor.
Se postra entonces, abatido, en el nocturno altar que su dolor ha construido. Para qué vivir si el momento ahoga, si todo se comprime en un segundo de locura. La muerte aguarda detrás de un árbol, espera que abandone el último suspiro enamorado de la vida. Ella espera mientras él tiene su cabeza cargada de nubarrones apunto de estallar en una tormenta de abatimiento. ¡La vida!, de qué sirve para un desilusionado que llega a sentirse un mortinato enloquecido, un vencido por la mano inmensa de el amor en agonía. Nada se espera, cuando se siente caminar en un mar de púas, y ya no provocan el menor miedo de entrega hacia ellas, ¡hacia la inmolación! Minúsculo hecatombe que quizá será olvidado, pero que aliviará el dolor perpetrado.
Se siente ya la caída, todo gira; voces de la infancia le recuerdan los días felices, mancillados, oscurecidos, mutilados. El viento se siente fuerte en el desplome, le congela el alma y se abraza refugiándose de la inmensa avalancha que le abate sus ojos y logra arrancar una carcajada de sardónico sufrimiento.
IV
Despierta. La noche ha pasado de súbito y se encuentra en otro lugar al que vio por última vez. No hay árboles, parece que los arrasó el viento. Se da cuenta de que no puede moverse. Siente un fuerte dolor en la espalda que se le trasmite a todo el cuerpo, su cabeza la percibe mojada y todavía no la puede mover. El pánico se apodera de él, se da cuenta que resbaló, que se arrojó, y ahora está al fondo de la cañada. ¡Maldito impulsivo!, todo fue real, la conmiseración en el remolino, las lágrimas salvajes que atizaban las piras del encarnizamiento con la muerte. Se aquieta,- ¡qué otra cosa puede hacer!- de su mente encrudecida salen llamas que lo flagelan. ¡Va a morir!, por cuánto tiempo lo caviló con morbo y ahora, es tiempo de que la enfrente de verdad .Oscuros designios no le permitieron morir con el rápido veneno del áspid que siseaba desde el abismo, para ahora darse cuenta de su acto. Es eminente, su aliento es cada vez más precario, esta seguro de que cruzará la delgada línea metafísica y nunca más podrá imaginarse que muere, quizá, soñará que vive. ¡Dios!, ha olvidado a sus padres.
El aire se acorta, su pecho se agita y todo se pone borroso. El dolor es intolerable, hasta que finalmente lanza un profundo suspiro - último suspiro enamorado de la vida – para que todo se apague. Quizá todavía tenga tiempo de evocar al último sueño.
Sopla, sopla el cúmulo de átomos invisibles en el agua oscurecida por las estrellas; murmuran las olas sardónicas su triste canto, su encanto maldito, delicioso, sombrío... Se ha perdido la inercia y he quedado vedado en las aguas de la reflexión, tambaleado, donde también sus piernas corrieron frenéticamente desde la empedrada precipitada del desencanto... Recuerda la siembra de la flor fatua, era hermosa y sempiterna sin deshojarse siquiera, la cuidó con esmero en el jardín fantaseado.
La regaba con inocencia y mansedumbre, la admiraba en los iniciales recovecos del dogma. El recipiente era inmaculado, ¿forzosamente, tenía que llenarlo? Un atisbo del dolor inevitable y aún inédito, el ámbar dístico lo dejaba ver, sin embargo.
Suavemente alejado, tiernamente conducido en un río parsimonioso e imperceptible, viajando en una concha susceptible y endeble, que todo dejaba, menos detenerse a contemplar ese desmesurado campo. Mas qué era todo, sino cansina poesía, devoradora de inmortales visiones miopes y sublimes, entonces. La ascensión por la empedrada me lo purificado, porque sus manos aunque desgarradas, aún sienten; aún las texturas de la materia se hacen presentes en ellas y se tienden como mortuorio manto... delicado.
Lentamente Felix vuelve a abrir los ojos y descubre con asombro que se puede mover sin dolor alguno. Tal vez todavía este soñando.
Camina un tramo, decide voltear para observar la escena de aquel terrible hechizo que le sirvió para invocar al
demonio del suicidio. A la lejanía sólo descubre su cuerpo destrozado.
Todo lo entiende ahora. Se quiere mirar, pero, la ilusión de ver su cuerpo se desvanece con rapidez; al cabo de un momento ya no ve nada de él. Tiene unas ganas inmensas de llorar, pero ya no puede. Piensa de inmediato en Alejandra. Confusamente ahora se encuentra dentro de un tornado negro mezclado en rostros, lugares, olores, tiempos... Llega a un lugar donde Alejandra está dormida. Seguramente no se ha enterado de su muerte. Piensa ahora en sus padres y de la misma manera llega hasta ellos. Sollozan, con sus rostros marcados de haber llorado durante mucho tiempo. Mira un calendario y observa que ya pasaron días de su transmutación. Siente el miedo mas no los escalofríos. ¡Qué locura ha hecho! Su padre voltea al cielo en busca de él, de sólo un atisbo de su presencia, y Felix vuela para toparse con su mirada para cuando, su padre, cierra lentamente sus ojos, apretándolos para exprimir una gota más y bajar la cabeza para seguir consolando a su esposa.
No sólo sabe en ese instante, el significado exacto de la palabras “demasiado tarde”, sino le llenan de angustia y le otorgan la certidumbre de que su carrera en lo escatológico se ha acelerado.
Va hasta donde está Alejandra, la encuentra dormida una vez más. Se acerca donde sus labios secos creen besar. Descubre, que no está sola, un brazo la cobija y Felix trata de buscar el rostro y ve morir los últimos rasgos de su vanidad. Es el último amigo al que visitó. Aún siente dentro de su alma, y todo es odio, apatía, rencor, no, no han muerto sus demonios con la caída y trata de asir con sus manos invisibles el cuello de Alejandra. Ella se revuelca en la cama victima de una terrible pesadilla y logra despertar a su acompañante que la trata de hacer reaccionar. Pero ella no despierta. Felix ve que el tornado donde se agita desde que murió, se torna rojizo y en una de sus venas ve aparecer a Alejandra y lo mira sardónicamente, para después ser devorada por el vórtice. Olvida lo que es el amor, se desprende, no le importa condenarse, olvida que es el perdón, pero conserva la tristeza, el remordimiento de la última visión de sus padres. El también siente la fuerza, destellos luminosos lo apabullan violentamente alrededor y lo fustigan diestra y siniestra en un réquiem de venganza por la vida que él, todavía añora.
Alejandra, agitada se despierta empapada en sudor, y se da cuenta de su soledad; otro amante que prefirió irse en medio de la noche. Soñó con Felix.
Observa por el ventanal de enfrente y mira una tormenta eléctrica alejarse en la lontananza nocturna. Levantándose en vela por la tormenta, se dispone a escribir un cuento de suicidas.
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El río.
–¡No entiendo a esas personas!- gritaba Tomás enfurecido hacia el televisor, cuando el noticiero daba las estadísticas de muerte por enfrentamientos en arrabales, -Cómo es posible que se hayan muerto de forma estúpida, sabiendo del peligro en el lugar donde se encontraban-, a lo que su hermano siempre le respondía cuando hacia este comentario repetitivo, -Quién iba a saber lo que iba a pasar, güey-. Este comentario insulso, hacia que se enfureciera aún más.
En las tardes, Tomás se deleitaba en un jardín céntrico. Aguzaba la nariz -según él- dándose golpecitos con las yemas de los dedos en ella y aspiraba con profundidad los perfumes de las mujeres que pasaban frente a él. En sus viajes aromáticos pensaba en estas mujeres y que, en una de ellas saldría la indicada; la reconocería por su aroma en particular. Era un experto en aromas, tal, tal, y tal, eran sus favoritos; cuando los aspiraba, cerraba los ojos de inmediato e idealizaba a la mujer ungida. Abría los ojos, las comparaba y nunca coincidían.
Así pasaba tardes enteras discurriendo en esas múltiples corrientes de perfumes, algunos finos otros tan corrientes como el sudor. Hasta que por fin, un día, después de meditar su situación, se dio cuenta de su delectación patética. No sería más un espectador pasivo y jamás conseguiría una mujer en esa estúpida postura. Se iba arriesgar, realizaría un experimento emocionante. Se situó en la mitad del jardín, justo en el centro de la pequeña plaza bulliciosa; eran las 7 de la tarde “horario de verano”. Respiró profundo y cerró los ojos.
La gente que lo veía, ahí parado como idiota o como místico –dependiendo del variado punto de vista de la gente que pasaba y lo observaba- inevitablemente sonreían para sí. De este modo permaneció durante largo rato. Estuvo apunto de abrir los ojos cuando un perro se acercó peligrosamente para olfatearlo, sintió su húmeda nariz levantando su pantalón pero, no hizo más que lanzar un grito y patadas al azar; bastó para que el animal confundido, se alejará. Varias personas lo observaban ya desde sus bancas; divertidos disfrutaban sus frituras mientras observaban al mimo que jugaba a la estatua dándose repentinos golpes en la nariz. Los niños se acercaban y se burlaban de él. En su oscuridad escuchó también, ruido de monedas cayendo al piso.
Su plan era el siguiente: como experto en fragancias, aguzaría su nariz al máximo de concentración, se situaría en el cruce de los ríos aromáticos que recorrían la pequeña plaza. Cerraría los ojos como siempre se deleitaba. Y al encontrar su perfume favorito, se dejaría llevar por ese río delicioso, no importa cual mujer lo portara. Sólo que, existía la posibilidad de que algún homosexual fuera el elegido, entonces sería anulado el juego. No era homo fóbico pero, tampoco tenía esa preferencia. Sólo tuvo que esperar hasta las nueve.
Era tan intenso el aroma, que de inmediato abrió los ojos, su concentración era tal, que se sorprendió al verse rodeado de tantos curiosos. Miró que las luces de los faroles ya habían encendido, y logró distinguir el río que emanaba de una mujer morena vestida de blanco. Con sorpresa y agrado se dio cuenta que era hermosa y sensual.
La siguió por las calles con la idea firme de tener un encuentro lo más provechoso posible. Cuadra tras cuadra cuidó de que ella no sospechara nada; aunque después de un rato desembocó hacia un bulevar y esto por poco y provoca que ella sintiera su presencia en tan amplias aceras. El dulcísimo aire guiaba su peregrino propósito, y lo embriagaba tanto que las fantasías brotaron mientras observaba las caderas blancas en marcha erótica.
La imaginaba en su habitación. Esperaba su cuerpo en la cama, mientras ella permanecía delante de la ventana que lograba trasparentar su vestido. El pelo recogido la hacía ver aún más hermosa Se desnudaba lentamente con sutileza y timidez ante Tomás, que ya saboreaba sus labios carnosos; los cuales, ella mantenía abiertos por donde lanzaba profundos suspiros. Su piel tostada se erizaba tan sólo con el contacto más ligero de los dedos ávidos de ternura y deseo. Las cortinas blancas se amoldaban a su cuerpo desnudo con el aire, se metían en él, salían jaladas en sutil excitación de sus senos, seguían fielmente los contornos generosos de sus piernas como si de la Venus de Milo se tratara. Sus ojos descubrían que ella tenía un prurito tácito que sólo él con sus... ¿anuncios luminosos?. ¡Dónde estaba!, las calles eran raras, nunca caminó por ellas. ¿Hasta dónde la siguió?, no lo supo en ese momento. De pronto se encontró en zona de bares y antros tipo Burlesque.
Sintió la certeza de que ella sabía que la seguía, un temblor en el corazón le contagió de placer al pensar que ella lo aceptaría totalmente.
La mujer entró saludando al gorila de la puerta en “SABIA POR DIABLA II”.
Perdió el rastro y el aliento por la confusión de su fervorosa cabeza. No podía ser. Él rechazaba tajantemente ese tipo de lugares. Y ella..., que mala suerte, trabajaba ahí. Aunque podría ser sólo la cocinera, una simple mesera, ¡hasta la dueña!. No, era absurdo, lo más seguro era que bailaba o se prostituía en ese sitio con los más asquerosos imbéciles. Caviló unos instantes. Era inaudito, pero tendría que entrar, no podía dejar de cumplirse su encomienda. La siguió por bastante tiempo y no podía desperdiciar esta oportunidad.
Se acercó temeroso a la entrada donde un enorme tipo grasiento -delante de un letrero que decía “Abrimos antes que todos”-, le observaba con recelo y apatía. “Prepotente sin cerebro”, pensó de inmediato, como la mayoría piensa al toparse con estas personas. En un arrebato de imprudencia, le preguntó a este sujeto por la mujer de blanco. A lo cual le respondió con un amable, -¡No me esté chingando, porque no pasa a investigar!-. Se introdujo en el lugar, con la rabia contenida de no poder responderle adecuadamente a ese idiota, total, no podía perder tiempo y tenía que seguir a la paradigmática mujer.
Al entrar, un denso ambiente le abofeteó su noble nariz amaestrada. Una luz relampagueante dejaba ver de vez en cuando las paredes decoradas con imágenes sugestivas, algunas de mal gusto. Las paredes parecían forradas de terciopelo. “Qué vulgar”, se decía para sus adentros. Como si el terciopelo fuera el símbolo inexorable de la vulgaridad. Al fondo se veía agitarse a una mujer semidesnuda que se colgaba de un tubo unido a la gran cantidad de artilugios de iluminación. El ambiente enrarecido se llenaba de silbidos y gritos tales como “¡Sabrosa!”, “¡Muévelo así!”, “Cuélgate de este otro”. Tomás abrió lo más que pudo los ojos esperando que sus pupilas se dilataran rápidamente. Se detuvo mientras un mesero le preguntaba qué mesa quería y qué iba a tomar. Lo ignoró, y se dio cuenta de que el río fragante había chocado de pronto con otros cauces que lo maculaban por completo, ahora, ¿cómo identificaría ese aroma divino?, y ¿dónde se había metido la mujer de blanco?.
-Tiene que consumir señor-, le gritaba el mesero que apenas se escuchaba por el alto volumen de las cumbias que parecían ser escupidas por los altavoces. –Ahorita, dame chance... oye, ¿Tú no sabes de una Mujer que entró recién y vestía de blanco?- le repitió esto más o menos tres veces al mesero ya que no se escuchaba ni el mismo Tomás. El mesero lo guió ante la barra del lugar y picando suavemente la espalda de la mujer, le mostró al cliente dejándolos con un aspaviento de cumplimiento.
La observó de cerca y de frente, al fin. Los nervios se apoderaron de todo su cuerpo, y una gota de sudor frío le corrió por la espalda. Ella le sonrió con un ligero “hola”. Sin darle tiempo a que este respondiera, le tomó por la mano y lo condujo por un pasillo oscuro que estaba a un lado de la barra. El cantinero lo miró con una sonrisa de aprobación, mientras era jalado como niño pequeño por su madre.
Se sintió ridículo, porque no sabía que iba a pasar ciertamente. Pero el cuerpo voluptuoso de esta mujer y su perfume vuelto a cauce, le despertaron el deseo de hacerle el amor.
Recordó con pánico que no traía dinero, pero ya no hubo tiempo; ella lo introdujo a un pequeño cubículo y le preguntó con un gracioso acento norteño –Sabes, siento como si ya te conociera de hace tiempo-, y le preguntó algo que no logró distinguir mientras se deleitaba con su sedoso pelo, y al no haber respuesta se quitó el vestido rápidamente.
Al ritmo de “banda” bailó montada encima de él, hizo muchas y variadas peripecias que no logró asimilar con él hubiese querido. No tuvo oportunidad de disfrutarlo, pues cuando comenzaba a sumergirse en el mar donde desembocaba ese río vehemente, la canción terminó y ella al tiempo que se vestía pidió que le diera la contraseña que había adquirido con el mesero. Tomás llenó de pavor, fingió buscarlo en su ropa, y al fin tuvo que declarar que no la tenía (tiempo después reflexionó, que tenía oportunidad de fingir que la había perdido). La mujer le miró a los ojos con desenfado, -Ya te buscaste bien huerco, no vayas a ser la malora, mira en tu cartera, no... ¡es broma!, ¿verdad?... ¿no?, chín, en la madre-. Después de que se diera cuenta de su error al no pedirle el boleto con anticipación, se llevó las manos al cabello y le dijo con desánimo –Pus haber como nos va, mejor dicho, a ti-.
Cuando ella notificó al tipo que cuidaba los cubículos, éste le gritó y ella le respondió algo rezongando. Llamó con un radio y en pocos instantes apareció el gorila de la entrada.
Tomás sintió un terror inmenso y pensó en buscar una salida por donde escapar, pero sólo lo pensó. Observó pávido como lo señalaban y el enorme sujeto se dirigió a él con determinación moviendo la cabeza. Paralizado lo sujetó del cuello y lo arrastró de espaldas mientras alcanzó a mirar como ella le pedía un cigarro al guardián de los cubículos con indiferencia.
Los golpes fueron tantos, que sintió que iba a ser uno más de las estadísticas de los noticieros. En el suelo, volteó hacia arriba donde estaba su agresor, del cual sólo había visto sus puños y puntapiés; le imploró piedad y este lo levantó para echarlo a una camioneta vieja. Lo llevó varias cuadras y lo arrojó al lodo.
Mientras escuchaba el chapoteo de las llantas de la camioneta al arrancar, sonrió a pesar de su dolor. No pensó en vengarse, ni donde estaba, ni como iba a llegar a su casa. Sólo pensó otra vez en la mujer de blanco. Por un instante de locura quiso ir en su búsqueda otra vez, pero, no fue su racionalidad la que lo impidió, fueron las costillas rotas y la vista nublada de sus ojos adoloridos, que lo dejaron abrazando una señal de tránsito.
Pasó tiempo, el necesario para recuperarse del dolor moral y físico. Sentado en la plaza donde encontró el preludio a la experiencia más intensa que había tenido en su vida, pensaba mientras miraba los niños aporrear un balón. Seguía odiando los arrabales, quizá ahora más que nunca. Se había dejado llevar por el azar, ¿habría valido la pena viajar por aquel río que desembocó en sangre y unas costillas rotas?. “Qué desgraciada suerte”; ahora sabe que por lo menos debe traer un dinerito extra en el calcetín. Mas no es eso lo que lo abochorna cuando, se acuerda del pelo y la cintura endemoniadamente perfecta de aquella “mujer de blanco”. Sino que no pudo disfrutar en serio del momento, y ahora, está más prevenido, -¿será?-, se indaga Tomás al tiempo que, se sitúa en la mitad de la plaza y golpeando suavemente su nariz, aspira profundo y cierra los ojos.
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Rojo
He asesinado a mi maestro. Los recuerdos me llenaron y… hundí el bolígrafo rojo en su garganta. Fue ofrenda y encumbramiento de un ritual teñido de mi asociacionismo. Las matemáticas fueron causa apologética.
Existen teorías que dicen que el rojo tiene un significado en sí. Que influye de forma invariable y ecuménica. Yo no lo creo así, es tan ambiguo que no creo tenga significado universal. Mas dicen atribuirle al rojo el inexorable poder de la pasión. También, se ha dicho que el color rojo es el símbolo del amor, del poderío, la sensualidad, la fuerza, resistencia, independencia, conquista, impulsividad, ira, y odio. Es luz con longitud de onda de 750 nanómetros. Ha sido predilecto por los tlatoani y monarcas tanto por personas influyentes, dado que era un color difícil de conseguir; si no se buscaba en las cochinillas poco accesibles. Es definido como color cálido y vital ya que es como la sangre.
Aprendí a relacionarlo y ya no fue tan abstracto como debería ser. Es un color que me remembra la sensación de ardor en la espalda. Detrás esa desgarrada imagen, viene el ruido de flauta. También está el olor de maíz quemado, más por el resplandor de la lumbre que incendió la ira en mis dedos chamuscados. Una textura en particular esta asociada al rojo: la de las cicatrices. El rojo también para mí, es una tarde de invierno, cuando mi cara se restregó en un muro del mismo color. Era roja la pañoleta de la mujer que besó a mi padre. Mis ojos cerrados –en penitencia obligada- veían rojo, al sentir el sol, mientras sometido aguardaba que me desataran. Pienso que esta última asociación es la responsable de mi desequilibrio patológico, cromático. Quizá sea yo quien persigue al rojo. Es un ente poseedor de una frecuencia implacable, que se asocia en mis sentidos.
Cada vez que mis errores matemáticos ataviados del Color, eran demarcados violentamente, mis venas se convertían en serpientes. Las fórmulas integrales eran indómitas a mi discalculia algebraica. Cuando dichas fórmulas eran circundadas por el ardor, la cacofonía, la suavidad, el orgullo herido y la desilusión; la mezcolanza de mis sentidos se estremecía con furia. Sin duda, di forma de matiz a un concepto integrado por mis recuerdos más oscuros. Me convertía entonces en sombra de mí mismo; ajeno, proyectado en distorsión hacia un mar angustiado. No encontraba ansiolítico capaz de calmar el tornado de mis sensaciones.
Esa vez -la ocasión digna de mi crescendo alienado- fue vorágine de mi mente impeliéndola a errar lo suficiente como para abrumarme y llenarme de una ansiedad reptante. Realicé problemas donde elaboraba vertiginosas asíntotas. Las curvas me invitaban hacia otro curso, el que yo creía era cercano al acertado. Me dejaba guiar, me unía a mi individual concepto de geometría analítica. Ensoñaba ilusamente, (quizá alternativamente) la seducción de las líneas abstractas.
Cuando el maestro hubo revisado la hoja donde creí plasmar mi reconciliación con las matemáticas, el corazón frenético era todo mi cuerpo.
Fue entonces cuando recibí la sardonia. Pero no venían de los labios del maestro, era la sardonia más roja que en mi vida he llegado a sentir. Provenían de la hoja coloreada tal vez, mientras con parsimonia el maestro iba enmarcando mis errores con su bolígrafo barato y achatado. Probablemente el sujeto, sonreía por mi ignorancia aún vigente, al no resolver universalmente los ejercicios. Esa imagen colmó mi mano que ansiosa deseaba empuñar algo. Eran mis errores graves, pero, ¿por qué tenía que humillarlos aún más?, ¿por qué no le bastaba dejarlos desnudos en su incorrección?, le era menester señalarlos de más, ¡de ese color vulgar! Mi ilusa fantasía de navegar entre la certeza matemática, se contrajo hacia el infierno, ¡un infierno rojo!
Sentía un hormigueo delirante y para mí era pecado que el maestro se paseara tranquilo en el aula, al extremo de mi encono hacia él. De pronto, volteó su rostro hacia mí, mientras yo lo miraba fijamente. Antes de que me preguntara por qué, me abalance en su contra y ante la mirada atónita de los otros pupilos, perplejos más por sus errores y no tanto como yo por el Color, consumé la ira de mi descontrol. Lo odié más, pues estaba lleno de sangre.
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Sol Mañanero
Agustín baja a caballo, enfurecido. Sólo en la bestia puede sortear el camino, o la carretera federal como le dice el desgraciado Julián Palazuelos. Tiene razón Agustín en mandar al carajo su troca nueva; por más que se plantó con ella enfrente de la casa municipal, como en las manifestaciones capitalinas, no pudo hacer nada para que se lograra su propósito. Fueron varias las ocasiones que por poco mata al ganado de Don Tiburcio, o Don Piporro, como le dicen los más rasposos. No podía ver nada. Nunca podía ver nada. Sólo varios haces de luz que hacían le hirviera el pozole mañanero que le servía su Vieja. Pero qué coraje. Juntó varias firmas con todos lo vecinos que usaban el camino recién hecho y, que por puros calzones del mentado Julián, se tenía que usar para ir al pueblo. Pinche camino, vino a partir la madre. Los demás caminos fueron obstruidos con bloques de cemento por el susodicho. La verdad, sí da coraje cuando uno lo piensa. Cada vez más. Si no se hubiera corrido el rumor de que se metió con la hija del Cura, a lo mejor, sí le hubieran hecho caso. Al contrario, le fue tan mal; se le nota desde lejos, que no tiene una oreja. Cuando me acuerdo que Agustín feliz de la troca, le importaba nada cómo estuviera la carretera, lo que quería era estrenar el asfalto y meterle hasta al fondo. Ahora todos lo recuerdan por lo ridículo que se veía sosteniendo, arriba de su troca, un letrero malecho que decía: “Queremos que no cale tanto el sol de frente en la carretera”. Hasta a mí me dio risa. Creo que cuando los que firmaron, vieron el letrero, se arrepintieron de haberlo hecho: Habían sido convencidos por otras causas. Así duró varios días, era tanto su coraje, que se dormía en la troca y dejaba su letrero afuera. Muchos le decían, “¡Pon el parasol güey!”. Pero, a Agustín se le notaba lo decidido en la cara. En realidad, un día me platicó en la plaza, quería que cambiaran la carretera por donde no saliera el sol. En una noche los Rurales le bajaron el aire a las llantas y le rallaron la troca. Yo digo que fueron los Rurales. Quién más. Bueno, aparte de la hija del Señor Cura, sólo ellos. Cuando se despertó fue y, más enojado, cortó unos árboles él sólo; y los atravesó en la carretera. Fue un tremendo relajo. Los Rurales lo buscaron todo el día hasta que lo hallaron para meterle la debida madrina. Creo que lo dejaron encerrado varios días. Cuando se apareció ya no traía la oreja. Pero, Agustín es el más terco que he conocido y se fue a la capital del Estado. Hasta salió en los periódicos. Pero su noticia no era de primera plana, más bien era como la nota curiosa. Fue tanto su mitote que le volvieron a dar una calentadita, pero esta vez se la dieron con unas muchachas bien buenas. Parece que esto último le dio más fuerza para seguir con su causa. Lo más curioso era que siempre cargaba con su letrero jodido, pero cada vez más adornado con pegotes de fútbol. Hasta que un día le metieron a unos balazos a su troca, que aún, con todo y protesta, la traía por el camino contra el sol. Un día sí mató un borrego gordo. Por eso le dieron los plomazos, porque sabían que sólo él, era el único atarantado quien no sabía manejar en contra del sol. Desde entonces, se asustó tanto que anda a caballo. Me lo compró ayer. Ahora sigue bajando. Está a punto de cruzar la carretera. Se detiene un rato muy largo antes de cruzar, lo que no sabe, es que el caballo nomás no pasa la mentada carretera. Ni a madrazos. Por eso se lo vendí.
Yo lo miro, tumbado en un árbol, y pienso, que es más fácil para Agustín, que el sol saliera por otro lado, en las mañanas.
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Los Consejeros
Dios, barbudo y meditabundo, tenía que crear el infierno para los humanos. –Dotadlos de conciencia- farfulló un rojizo ser que flotaba gracias a unas alas de mosca. –¡Dadles remordimientos!- gritó un ser amorfo que colgaba del techo. –Otorgadles, tan sólo por un instante antes de ser procreados, el conocimiento de tu morada (pero si estás en todas partes), así todo lo compararán con este lugar y lo contrario les parecerá el lugar que pretendes crear-.
-¡Alto!, deténganse enclenques ignominias. El poder de omnipresencia lo inventó el hombre para culparme de sus actos malignos- gritó Dios y bajó de su gran trono de agua. No los había escuchado de todos modos. Detestaba esas formas, repulsivas a sus divinos sentidos.
-Mal hice en crear a ustedes por la compasión de no desechar los arquetipos de aquellos, los seres sagrados-
-No te arrepientas, pues todos tus actos deberían estar medidos- Cuchicheó a su oído otro conjunto de desechos célicos.
-¿Quién eres tú, esperpento celeste, para aconsejar al que te creó en un arranque de misericordia? ¡Bazofia del limbo!, sirvan ustedes para poblar ese futuro nirvana negativo-
-¿Nirvana negativos?, ¡ja!, ¿qué signos te perturban la mente, para que nosotros –felices abogados- seamos merecedores de tu entropía?-
Los seres comenzaron a rodear a Dios, quien dejó de ser antropomorfo y volverse un gran ojo refulgente. Justo debajo de Él se comenzó a fabricar un gran remolino multicolor que despedía gases magentas, de pestilencia inaudita.
Uno, el más horripilante ser naranja, osó por acercarse al gran ojo omnipotente y le gritó mostrando sus fauces – ¡Y si para tu lugar maldito, creas también el desamor, y que mejor, ¡Oh Dios que nos diste el pensamiento mayéutico!, si creas infiernos individuales, si a cada ser que existe le das la melancolía, la añoranza del cielo! Nosotros conocemos tales términos pues somos creaciones de esa misma fuerza, a cada uno le diste un alma arquetípica que poblará de sentimientos a tus demás criaturas-.
-¡Sirva la ira que me han provocado, y más sirva para ustedes que tentarán a los mortales quienes los acompañarán en el lugar más aciago!- Retumbó el ojo esténtor por todo el infinito, dispersando los seres, arrojándolos al remolino iracundo que giraba con la fuerza de su omnipresente gravedad.
Se diluyeron en la mente del profeta, quién se apresuró a escribir los libros.
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Valhala no existe
Lars Sternejoft sabía muy bien que la vida es sólo un gran valle de niebla; un mar destinado a recibir los heroicos pies que puedan flotar sobre él. Nada le hará perderse en la niebla. Lo guían el filo del hierro y la madera punzante. La gloria es la exquisita amante. En el pecho guarda una flor para la muerte.
La anterior noche, sobre el pequeño estanque del acantilado, observó su pálido rostro. Memorizó de él, lo que la luz del plenilunio le permitió en amarillento velo. Fue un momento de anhelado sobresalto; las horas de deleite y anterior gloria, tuvieron un sabor de tormenta; un olor de lodo de la montaña. Todo condimenta el perfume de la madera del skuta. Navega desde Nord Norge hasta el Vestlandet. Nunca antes sintió como ahora, el antiguo presagio de la mariposa hacia la flama.
Cuenta su más anciano padre, que el vino es exquisito en la sala de los muertos; porque la garganta es como la piel del árbol más joven, ávida por libar el placer que alimenta. La sirena que un día le cantó sobre el aire, de aquella aurora violenta, será su amante sobre las cortinas del Valhala. Nadie sabe si será frío o caliente, el lecho donde la espada guerrera lo empuje. Pero, Lars es un iluminado por la certeza, de que antes que su cuerpo reconozca el último ósculo de la tierra, estará más allá del hielo cósmico. Hacia el Ragnarok
Antes que él, lo esperan, todos los que le sembraron ansia de guerra. El furor en grito frenético, que emancipa arrasando, desde los bosques, hasta el horizonte acuático. Besará en placer mortual, el anillo de Odin; y por destello iracundo del poderoso mjollnir de Thor, se hará esplendoroso el poder del draupner.
Por fin, el puerto está a la vista. Un grito en la proa enciende el corazón, pues los esperan en la costa. El enemigo es descarado; el frenesí del Maelström es inherente al hombre del norte. Lars nunca ha tenido miedo, no existe palabra que lo signifique en su vida y en sus cantos. Entonces, ¿por qué una helada serpiente le acaricia la espalda?, será un espíritu ignominioso quien le seduce ¡para no danzar con la espada!
Aún así la voluntad arquetípica es más fuerte. ¡Y sabe!, que no existe más placer que, de la gresca, recibir la muerte. Baja, empuña el metal y se mimetiza. Su pecho contiene su vida entera. ¡Oh, por Odín, si son, ustedes enemigos, el eminente gozo que me mate, sean dignos de recibir la misma gloriosa suerte!, Lars sabe el significado de estar vivo. Y en un ardiente soplo, de una maraña de cabellos rojos; recibe puntual, el laurel último, y la llave a las puertas donde moran sus arcanos.
Muerto así, Lars Sternejoft, por la maza del enemigo hermano; espera abrir los ojos y ver alguna Valquiria. Los tiene abiertos. Un perro bermejo le ladra. Con terror y desconcierto, un majestuoso espectro descarnado, desnudo en huesos, le mira sardónico. De las sombras que cubren el sitio -donde se escucha un río-, a su lado, aparece un hombre de piel roja. Nunca antes en su vida mortal, vio alguien como aquél. El perro saluda al hombre y con pánico neófito, escucha una palabra que penetra hasta sus entrañas, de humo. La voz clama: ¡Mictlantecuhtli!
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El Arrobado
-¿Qué son esos garabatos que tienes apuntados en ese papel?- la bolsa se había abierto y arrojado el papelito rosa hasta los pies de Hilario. Leyéndolo mientras lo recogía.
-Es mi cuenta de e-mail. Recién en la tarde la abrí. Gracias-. Selma lo guardó otra vez en su bolsa y besó en la mejilla a Hilario, quien lo recibió con agrado.
Hilario sintió esa satisfacción de que Selma volvía a estar con él después de uno de sus viajes prolongados; arreglando conflictos agrarios y haciéndole de chofer al Licenciado López de mala gana. Pero, aún así, después de sentirse contento, algo le perturbó al ver que su esposa entraba al mundo de los correítos electrónicos, las salas de “chateo” y todo sin que él estuviera presente. Malditos viajes, pensó, pero lo que más me da coraje es enterarme indirectamente siempre de lo que mi Selma hace de nuevo. Lo que me conforta es que, en efecto, siempre es algo nuevo y que me sorprende. Además, ¿acaso no sé todo de ella? La abrazó por la cintura y siguieron caminando por la galería.
-¿Y eso?-
-¿El que tenga correo?, pues nada, que tengo amistades por Internet, ¿Te molesta?, -poniendo suavemente su mano en la boca de su amante- antes de que me contestes déjame contarte cómo hice esas amistades. Mira, un día que necesitaba sacar la tarea de tu hijo... sí está bien, nuestro hijo, ya se me va a quitar esa costumbre pero, déjame contarte. En esa ocasión llegamos a uno de tantos cybercafés, “El Arrobado” creo; pues bien, al empezar a buscar, me di cuenta de que alguien anterior a mí, perdón a nosotros, había dejado uno de esos programitas para chatear y me llegó un mensaje. Era de una persona que vivía en Jerusalén... sí, era un hombre; ah qué tus celos... ¡así me gustas más! – lo besó en la boca y continuó-. Pues bueno él era un experto en cocina y me pasó unas buenas recetas y de ahí, él me contactó con más gente que le gusta cocinar, y ahora resulta que estoy en un club de cocina en el cual, obligatoriamente necesito de una cuenta electrónica. Todo esto pasó apenas hace tres días, el jueves después que te fuiste a esa reunión, qué según tú, es la última-. Le acariciaba el cuello lascivamente sumada a su mirada que sabía arrancar el consentimiento de sus deseos.
Sí, parecía que era la última vez que iría a esas contingencias, bueno, al menos por el momento. El licenciado tendrá automóvil y acordó con los habitantes del Rancho que los últimos toques del negocio serían arreglados por Internet. Las cybercantinas habían llegado a “San Anacleto”. Lo aprovechable era que su esposa le iba a asesorar en ese mundillo de los clics.
A la mañana siguiente le preguntó a su esposa sí se podían compartir el buzón de su cuenta electrónica. -¡No, nadie hace eso! –
-Pero, qué tiene de malo –
-¿No?, pues nada más vas a leer mis correos, y como en las cartas de papel siempre existe la confidencialidad. Debes de darme mi espacio y privacidad, es lo justo.-
-Sí tienes razón, pero, si son únicamente recetas lo que te mandan, y lo mío, son sólo escrituras de fincas.-
-No seas necio, ¿qué te cuesta abrir una cuenta, haber?, ve y abre una. Después que tengas tu cuenta, ni tú vas a querer compartirla conmigo... ¿Cómo que porqué?, ya verás. Cada quién debe tener una cuenta individual y totalmente privada. Nadie debe saber tu contraseña. La mía la guardo allá donde te platiqué-
-Está bien, en la tarde espero tener tiempo y abrir la dichosa cuenta que necesito-
Esa tarde terminó pronto, o le dio igual darle la razón en todo al licenciado, que salió de muy buen humor. Salió y se dirigió a un centro comercial para comprar un regalo a su esposa. Toda la tarde en su oficina estuvo pensando en la pasión que le suscitaba y quizá, ahora, con todo ese aire cibernético que de ella emanaba, hacia parecerle un tanto más sensual. También recordó aprovechar utilizar uno de esos lugares llenos de computadoras en los que todo se hace menos tomar café. Al fin, Selma le dijo que los empleados le orientaban en todo y, en efecto necesitaba una total orientación.
Caminaba mirando las luces de los grandes candiles que colgaban en los domos del centro comercial. Las figuras poligonales le parecían un tanto futuristas. Por el rabillo del ojo, desfilaban en forma de calidoscopio, una infinidad de luces mezcladas con cristales multicolores, letras con formas irregulares, rostros y cabelleras de vanidosas empleadas tras aparadores suntuosos.
De pronto en un pestañear, logró ver un conjunto de luces rectangulares que vibraban. Volvió la cabeza y, era uno de esos famosos cybercafés. Entró vacilante y buscó un lugar disponible. Se sentó y observó la pantalla. La infinidad de renglones destellantes, y las invitaciones a que hiciera clic, le parecieron abrumadoras. Antes de que pudiera pedir ayuda, una muchachita de apenas unos 15 años se acercó y le indicó la manera de acceder a todo lo que él quisiera y también contestándole referente a su inquietud por el correo le dijo que todo mundo usaba “mariguana.com”.
Dejándolo solo la empleada, el nombre del sitio electrónico le pareció que le hacía recordar algo; y no precisamente sus días de excesos. Hizo hacia atrás su silla para suspirar cuando, sintió que algo estorbaba en las ruedas. Era un papelito rosa.
Sus más locas conjeturas le acribillaron la mente. Pero logró evadirlas. No podía ser el mismo papelito; no tenía tanta suerte y además, Selma había presumido de cuidadosa.
Lo que lo inquietó aún más fue el nombre y una clave escritas en el papel. No era la letra de su esposa. Su corazón comenzó a agitarse; mas, sin embargo, él sabía que no podía ser nada de lo que su intuición aseveraba, no podía ser. Qué bromas tan pesadas juega el destino, pensó, que logran hacer dudar por momentos de lo indudable. Siguió mirando el papelito
Qué nueva necesidad de tener un baúl ahora virtual, donde se guardan secretos. Qué cosas serán capaces las personas de contener en esto llamados “buzones electrónicos”; y qué oportunidad tengo en este momento para escudriñar uno de ellos. No. Sería incorrecto que alguien extraño observara algo que no le incumbe. Así como también -precisamente por eso- el acto sería algo trivial, ya que no conozco a la persona, ni ella a mí...Bueno, está bien, me llenaré de morbo sólo unos momentos y, después dejaré que esto se diluya.
Temblándole el pulso comenzó a escribir los garabatos en la página dispuesta por la empleada. Coincidía el sitio, y la clave era s.cook@mariaguana.com. Introdujo la contraseña. Respiró un instante y sintió que el lugar se encogía y que sólo él estaba en ese lugar chocante. La curiosidad empezó a apoderarse de toda su voluntad hasta que decidió obedecer la señal de la pantalla para hacer clic. De pronto la pantalla cambió, y empezó a llenarse de titulares agrupados que hicieron que se le helara la sangre.
Salió furioso del lugar, corriendo y atropellando a un niño rollizo que espera el turno a utilizar la máquina. No sentía los pies. Llegando al estacionamiento se desplomó en el volante y se puso a llorar. Recordaba, sólo recordaba. ¡Recordó!, que dejó al descubierto la intrusión al correo de su esposa y, alguien iba a poder leerlo; comprometido con la intimidad de su pérfida mujer, regresó apurado al lugar.
Al entrar corriendo, un grupo de colegialas detrás del niño rollizo reían a carcajadas y comentaban a voces que un tal cocinero judío, seducía burdamente a una tal Selma “la cocinera”. Se abrió paso entre la multitud y aventando bruscamente hacia un lado al niño, trataba inútilmente de apagar la computadora. La chusma, al comprender que Hilario tenía que ver con los mensajes, explotó en risa general. Hilario empapado en sudor, sintió -mientras luchaba por borrar el incidente- la mano y ayuda amistosa de la empleada quinceañera, quién le digo muy amablemente la forma de apagar el equipo.
Después de dispersar a los curiosos se dirigió con una sonrisa a Hilario, el cual, temblada de desconcierto y yacía en una mesita. Le dijo: - Por favor, perdone el incidente... conserve estos vales por horas gratis en “El Arrobado.com”.
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La jaula del Cura
A Verónica Pedroza M.
“¿Qué es un fantasma?, pregunto Stephen. Un hombre que se ha desvanecido
hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.”
James Joyce
Ulysses
Mi padre me prohibió verle. Después de que el brigadier Calleja se riera frente a su rostro descompuesto y dijese gritando al cielo, toda su venganza en un grito de victoria; la cabeza quedó a la vista desde mi habitación. Las palomas quienes primero lo esquivaban, después lo amenazaban por las mañanas, así que las espantaba a guijarrazos traídos por la nana. Creo que le hacía más daño yo con mis guijarros que las palomas con sus suciedades. Yo no sé porqué mi padre no quería que viera la cabeza, si ya he contemplado suficientes atrocidades junto al río. No creo que mi espíritu se perturbe aún más. He crecido de pronto, cuando vuelvo a oír un disparo, siento que se incrementa mi edad. Aquel día de septiembre escuché el desplome de mis días, además de ver personas evacuar sus años por sus boquetes sangrientos. Y el Viejo piensa que no era prudente verla; más bien, creo que siente vergüenza de no poder pelear siquiera por su mísera y temporal comodidad. ¿Que cómo sé que es temporal?, basta salir a la calle y ver por la plazuela a la gente apresurada yendo a comprar su tabaco en la alhóndiga. Sus rostros son viejos y arrugados hacia arriba del entrecejo. La furia de los “insurrectos”, como ahora les llaman los cobardes, fue ominosa e inclemente. Aquel día, vacíe mis fuerzas por mis intestinos varias veces al sentir la lluvia de plomo procelosa. Me sentía tan impotente y me fustigaba con ideas suicidas, pero era tanto el miedo. Me consolé pensando que de héroes aquel día sería ahíto. Ha pasado un año y el cura se petrifica en una jaula, colgado con una escarpia de la esquina; pero no es el único, hay otras cabezas de facciosos. Me habían dicho que ésa, era del cura. Nunca lo conocí y, me lo ha presentado la muerte, con su peor cara. Hidalgo me miraba con sus cuencas vacías.
Estoy seguro de que era él. Había acomodado mi camastro hasta poder contemplarlo por las noches. Memoricé las cicatrices de su cara inmolada; sus rasgos perdidos los inventé; del color de sus ojos hice una turbia luz; al poco cabello le atestigüé su blancura y rebeldía. Sus labios era lo que más me atemorizaba pues no sabía que palabras podía proferir tal personaje. Sabía poco de valentía, el miedo fue mi seudónimo y el coraje tenía buen sabor, pues siempre me lo tragaba. Cuando escuchaba de grandes empresas, me escondía dentro de mí, hasta que el galope de hazañas se sosegara. Si creía que los riesgos me eran ajenos, ¿porqué sentía desasosiego en mi espíritu?, más aún, al ver el rostro desfigurado de un reaccionario que murió por nada. Y si éste luchó tan sólo por sentir erizada su zalea, o por entregar su cuerpo, (y vaya que lo entregó) al inicio de una pelea por la justicia y libertad, solamente me es símbolo de lo que no soy.
Él está a punto de ser fantasma; siento que todavía no lo es. Y yo, con mi nula potencia al arrojo, me siento muerto al no poder morir correctamente en esta vida.
Desde esa noche presentí mi destino oculto. Lánguido, después de una jornada incierta y casi etérea, las luces del pueblo me parecieron devoradas por la testa solitaria del insurrecto. Comenzó la noche desde mi ventana. Después de meditar en la oquedad de mi hastío, atrapé el sueño y decidí volcarme en él con esperanza. De los sueños comencé.
Monologaron mis ansias un tiempo sin intervalos conscientes hasta llegar al diálogo con el Cura. Por fin, tenía cuerpo. Por inercia busqué el mío y, ¡no estaba!, flotaba desde la esquina de la calle y lo miraba a él, quién alargó sus manos blanquecinas y, desde la ventana, me arrancó de la escarpia. Desperté e inicié el ciclo repetitivo de mis noches. Me impregné tantas veces de la misma imagen hasta creer con todas mis frustraciones, que era un mensaje. ¡Qué más podía ser!, todo parecía estar claro. Una misión me era dada por el principal insurrecto, a través de mi ventana, con un lienzo onírico. Esperé, pues de pronto no volví a soñar aquel momento. Pero no fue mucho; entonces, llegó la claridad. Ese día, no desperté sino hasta la tarde.
Aguardé al instante cuando el silencio aturdiera las calles y aprovechando un cambio de guardia. Creo que era pasada la medianoche y, trepé trémulo hasta la cabeza. No voy a contar cuantas veces dudé en el transcurso de la tarde mi osadía, pues mi decisión nubla todo lo demás. La habitación misma me parecía girar enfrente de la bodega, como ruleta. En cada vuelta veía por la ventana aproximarse una oportunidad, pero, mis carnes me impedían algún movimiento. Cada vuelta fallada era tan aciaga que creo preferí arrojarme por la ventana a soportar otra ronda más de frustrado tormento. Los muros del granero eran altos, así que recurrí a un bastón largo con palos atravesados a modo de escalera. Cuando estaba a punto de llegar, escuché una voz que me aterrorizó y me quitó la poca cordura que conservaba. La voz gritó que hurtaban una de las cabezas y yo sin voltear, escuché como se alejaba corriendo sonando los cascos de sus botas, lo cual me dijo que era militar. Decidí ser un hombre, justo como del que sostenía sus restos, para dejar de ser un fantasma. Bajé rápido, pues resbalé y caí al empedrado. Huí hacia la oscuridad y repasé mi misión. No podía fallar, pues los guardias no iban a tardar mucho en encontrarme. Agitado encontré un paraje en la oscuridad y contemplé, junto con mi vaho, al caudillo y le imploré con infinitas ansias me contagiara de su pasado coraje.
Me impelí más por las circunstancias que por mí mismo, además contaba con un talismán poderoso; el sólo hecho de sentirlo, me daba bríos para cumplir con mi destino. Entre las penumbras y salteando ocasionales transeúntes, llegué al lugar. El olor a pólvora estaba impregnado en mis recuerdos violentos, así que aproveché esa inercia y quise ser violento. Me sentía a la par, eufórico de tener voluntad. Descubrí días antes en ese sitio, un soldado reprender a otro por encender tabaco allí, diciéndole las consecuencias peligrosas de hacerlo. Ahora yo estaba seguro de que esa casona era entre callejuelas un depósito nuevo de armamento y municiones. Llevaba conmigo dos trozos de pedernal y algo de pólvora vieja. Debía actuar rápido. La cabeza me daba trabajo extra, así que fue mejor para mí, (y para mi ulterior desgracia) dejarla en un nicho de la construcción que era suficientemente oscuro. La dejé, pero primero me santigüe con ella lo necesario como para no sentirme desvalido. Con mis piernas caminando como en pantanos, y la garganta reseca toqué la puerta. No me abrieron. Así permanecí por largo rato. Una mezcla de resignación, alivio, cumplimiento prematuro y frustración me embargó; hasta que llegaron los milicianos. Al verme sospechoso me introdujeron inmediatamente adentro.
Me interrogaron durante varios minutos, pero al verme lleno de pánico se burlaron de mí, diciéndome, rapazuelo mestizo de mierda. Eso me enfureció y busqué mi objetivo. Lo encontré, era apenas un talego de pólvora, la cual se salía por una costura. Pero, otra vez me detuvo mi pavor. ¡No hice nada! Cuántas veces iba a postergar mi encuentro con la gloria. Me interrumpieron en mis pensamientos conmiserativos. Riendo, entró un guardia gritando que había encontrado la jaula con la cabeza. Me acerqué a la pólvora sin pensarlo más y choqué mis dos pedazos de pedernal. En ese instante recordé que después de entrar allí, no tenía ningún plan en absoluto. Todo se enrojeció y sentí que volé lejos, muy lejos, a través del tiempo, de mis miedos, lejos de mi anciano padre, de los muertos del granero, de la cabeza del cura.
Hoy, desperté sin piernas y con la piel ardiendo, en la putridez de esta celda. Me es difícil recordar todo esto. La fiebre es el infierno de mis poros. El tiempo que he pasado aquí me es ignoto. No quiero dormir y lucho con mi cansancio, deleitándome con mi hazaña. De una u otra manera me matarán; sin embargo, creo que ya tengo una certeza de la forma de mi muerte y doy gracias infinitas a Dios por ello. He escuchado hace algunas horas decir a los guardias realistas que, la jaula del cura Hidalgo, debe tener una cabeza.
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Compañero del espiral nocturno
“Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad”
Jorge Luis Borges
Las ruinas circulares
“Nothing escapes, not even light
beyond the mystical horizon
we surrender to its might
gazing into the eye of the universe”
Arjen A. Lucassen
Flight of the migrator
Xetrov pensó entre su lapso de vida, en la existencia de un ente surrealista. Dentro de sus inquietudes abstractas, leía en las formas geométricas, nulas esperanzas de vida ulterior al poder del remolino. La nebulosa en el cielo, era arrasada por el egoísta ojo negro. Él aspiraba cuanta sabiduría podía de los conglomerados del conocimiento. Sonreía por sus pensamientos, mientras los vientos cargados de cristales de hielo le estremecían sus filamentos. En verdad, el cielo era un espectáculo digno del perpetuo éxtasis que padecían los semejantes de Xetrov. Vivir bajo el evento cósmico, bajo el engullimiento de la titánica nube multicolor, sacudía la consciencia más tibia. Esténtor, quizá cincuenta y siete octavas más grave que Do central, era el tono ciclópeo de su presencia. Tenía el instinto de morir en el abismo sideral; algunos lo tenían sembrado aún más: desde hacía edades arcaicas, otros, aceleraban, o definían de forma ritual, su curso al viajar al centro del caos, en naves poderosas tan sólo, para resistir un poco la inexorable transformación. Pero ahora él disfrutaba imaginar a ese ente, a una distancia relativa de los gigantes al estar lejos y fuese igual de insignificante que él. Porque sabía el significado de ser esclavo irremediable de la inmarcesible soledad que, irónicamente, emanaba del agujero hambriento, «¿no todo lo tragaba? » Para aliviar su abandono, quería ejercer su reacción ante la impotencia creando en su fértil mente. Pero «para qué inferir de las frustraciones, cuando la muerte o la transformación son eminentes». Aquel ente surrealista debía perecer igual que él. Sin embargo, estaba sólo, y únicamente dentro de su núcleo, le era necesaria un alma a la cual transferir sus emociones descarriadas.
El espacio estelar, le era un padecimiento inútil. Los grandes huecos entre luz y materia sólida, hacían comprimiese su centro de pasión y luego lo sublimase a lo inefable. Y qué poder decir cuando aparte del evento cósmico nada era más hermoso y malvado. Había mucho que representar con su lenguaje sobre la excelsitud inasible, pero sí arrebatante, del magnífico cielo coloso. Él es ya un anciano, todos sus amados ya sin la esperanza han fenecido. Desde infante, cantaba con sus hermosos sonidos al gran devorador. Las melodías que desde sus emociones se expulsaban gustosas, eran intensos himnos llenos de matices y tropos oníricos. Su don hacía insistente reverencia, a la vez que por dentro su alma se agravaba por la amargura de conocer que desde allí vendría la destrucción. Representaban en esas eufonías, la desdicha ante el monstruo cuando era más fastuoso en el horizonte. Su ocaso era equidistante a su sol. Los padres de Xetrov le decían de una secta arcaica, encargada de inmolar a los suyos y preservar el espectáculo celeste ciclo con ciclo. Ignaros seres, pero valiosos al contactar la inteligencia poderosa de la raza, aunque fuese ésta, epítome de su desesperanza. Los miembros residuales de aquella secta, son los que se entregan al insaciable de forma ritual.
El sol más cercano no está visible, y se siente solo e inspirado. Los porqués saben a melancolía. La inquietud de volar a otro mundo se ha ido. Aspira complacido al decir letanías de agradecimiento por la capacidad de imaginar en esa noche junto a la orilla. Una de sus letanías, habla acerca de la Imposibilidad como uno de sus estigmas innatos. Que la imaginación, le da la ilusión fútil de creer traspasar toda posibilidad. Su ego es sensorial, por lo tanto trascendente, ya que sabe Xetrov de la existencia de la Imposibilidad cuando supo que sus padres lo guiaban aún después de haber emprendido su viaje mortuorio y, eso no lo puede imaginar, simplemente lo sabe.
En ese momento sube a la plataforma de meditación y observación telescópica. Al instalarse, decide aumentar su imaginación con una sustancia. Al multiplicar las posibilidades así, se acerca más a la ilusión de dilucidar con una imposibilidad.
Desde allí arriba la vista es imponente. Los fenómenos agrestes en la lontananza de su mundo, murmuran fuego y pareidolia con brumas de gases. La sustancia es poderosa y modifica su percepción rápidamente; de las formas geométricas leyó que es esencial para la existencia, escalar con sustancias los receptores de la realidad para rendir pleitesía a la misma sustancia en sí, por sus favores ontogénicos; además, ésta ha sido honrada al ser perfeccionada a través de los brumosos eones. Su cuerpo se estremece al agudizarse, y trata de contactar su quintaesencia.
Le es preciso llorar por todo el tiempo de su existencia. «¡Qué minúsculo es todo!, viajando en un absurdo devenir de instantes condenados a la privativa poesía de algún ente omnipotente. ¡Por qué no dejar de pensar en una esfera!, aquella que contiene todo y se ahoga ella misma, se evacua hacia dentro, por la furia de los alfileres divinos. Arquetipo cruel, imagen colérica que atosiga fatalista ¡Ni siquiera aún es minúscula la esfera!, la idea del átomo, del instante, resultan ridículas». La esperanza substrae una idea de lo infinito: «el renacer ».
Al oráculo astronómico de aquella jornada le justificaban puntualmente los meteoros que curvaban el espacio. «Lágrimas hecatombes de frialdad». Xetrov siente el titánico peso de su tristeza, como si tuviese que cargar con la ira de un dios pagano.
El trance previsto se aparece sutil en las inmediaciones de los estratos más altos de su subconsciente. Ahora su llanto será por todo el cosmos. Pero, no está diseñado para emanar tanto sentimiento elegiaco. Sabe que hacia la declinación del ciclo de vida, una de las alternativas es ser atravesado por la idea de lo transitorio, de lo agónico. Y él sabe que el universo deja ver su agonía en pequeñas dosis, para que un ser como él pueda asimilar su enorme desgarramiento.
No debe imaginar rasgos pues la inalteración fisonómica es uno de los dogmas; el cual reza “el rostro es obcecación al conocer el espíritu, lo creó el maligno para propagar la confusión”. Xetrov, a pesar de que en su juventud, buscando el respeto e identidad, negó intelectualmente tal concepto, ahora le permite avanzar más allá, la elucubración de su anhelado ente imaginario.
El Ente tendrá nombre mediato; las características se lo darían. Él estará lejos, quizá en las inmediaciones de la galaxia. Su estado será de imperturbabilidad, contemplado igual el negro cielo. Tendría que padecer el mismo éxtasis por lo efímero de su vida y por lo inalcanzable del cosmos. Al final, «¿qué ser mortal puede abarcar todo universo?»
Entre la conmoción de los cantos rituales que venían desde la ciudad, se volvían más certero el temperamento del Ente. Dejando suavemente de ser hipérbole para convertirse en intrincadas texturas de energía, suplicadas por la llameante soledad. Sería por defecto, ambiguo; un navegante de emociones entre los picos altos o hundidos de los infiernos de sus impulsos. Vigoroso, capaz de enfrentar la languidez, al tiempo que por una infinitesimal pizca de locura desviase su complicado centro neuronal, para ser escindido cual hielo surcando el espacio. Pero no lo quería tan frágil, le daría fútil arrogancia para que creyese que todo podría ser próximo a su entendimiento; y así protegido no le causase congoja los abatimientos de su naturaleza finita. Porque para ser su compañero, tenía que morir también. Su pulso era aceleración de la eutanasia que sabía, le iba a producir la droga. Por momentos creyó que esta empresa era producto insano del deterioro de su cordura. Pero era más grande su soledad y continúo.
Otro rasgo fue la irascibilidad, porque quería que un temblor acompañase su ansiedad ante el ímpetu de poseer la idea de la inmortalidad. Además, lo haría reflexivo para que dilucidase quizá «oh, tan sólo quizá», la posibilidad de estar siendo imaginado. Xetrov, de pronto se sintió malvado y en un arranque de compartir su impotencia ante lo que no podía dominar, le otorgó en sus creencias, la esperanza, para que tuviese oportunidad de ampararse con ella en un tornado de locura, cuando la reflexión le pareciese sombría y atosigante.
Lo haría cualitativo de alegría, pero sólo propenso a ella, para que la supiese buscar en lo más nimio y que le diese paz como lapso de asimilación y comprensión. Entonces la arrogancia primera sería borrada por la sabiduría.
Así continúo Xetrov, embriagado por la cercanía del Ente y el poder enteogénico de la sustancia ingerida. La noche iba a terminar y su ciclo también. Le atribuyo más formas, algunas banales y absurdas, otras fatuas y ostentosas. Ya el delirio dominaba su ingenio. Sin embargo, decidió continuar hasta que su entelequia se difuminara en un sueño. Por la decadencia de su cuerpo sintió dolor, y lo recordó como su último regalo. Mas, se sintió injusto y para mitigar a su compañero le dio el alivio de poder ser espiritual.
Le obsequió visión subjetiva para contemplarse en posición relativa al universo. Lo imaginó así, rezando ante la costa cósmica; sintiéndose solo, más que ello, ignorante. Que no supiese por su aislamiento que podía ser uno de tantos. Que la soberbia fuera compensatoria cuando fuese incipiente de espiritualidad. Ahora, ya no se sentía injusto, una caricia de maldad le era otorgada al Ente. «Un sueño dentro de la soledad, mientras más consciente sea, más pululante le será». Sin embargo, le quiso dar una forma de escape de conocimiento casi poético: que se disipase su materia paralela al sol que lo alumbrase. Mientras en forma de luz aparente, sentiría en sus receptores, otras partículas hermanadas, de materia muerta eones atrás. Posiblemente en un futuro, existirán otros entes distantes que lo observarán sin saberlo, junto a un cuerpo celeste luminoso. Tal vez serán igual que él: unos soñadores que suspiran al noctívago cielo; mientras tales suspiros se aúnan otra vez, a las líneas de luz que desprenden sus soles más cercanos.
Quizá de lo espiritual le ocurrió a Xetrov, que debiese el Ente tener una fuerza alterna. Un generador de pulsaciones intensas que lo incitaran a sentirse incompleto. Recordó un estudio antiguo que leyó durante una temporada de penumbras. Al hacerlo una carga eléctrica le fustigó con imperante violencia. Aquella fuerza sería ambigua, pero daría la ilusión de ser positiva, por lo tanto, sería impulsora de actos. El principal: percatarse por defecto de su soledad y tratar de compensarlo, quizá mediante la irracionalidad, es decir, conteniendo esperanza. Aunque algunas veces, lo haría con nobleza, tan sólo por el hecho de cuidar, de respetar, de alimentar al otro, sin interés alguno y tal vez, se sentiría así redimido y trascendente, pero al ser efímero sería una pequeña ilusión, relativa a la proporción histórica de su raza ante el cosmos. Cuando aparentara ser negativa, al no tener alternativa de unión, la irracionalidad tendría forma de autopunición.
Una alegría malsana ahora le impulsaba en su imaginación; era la ironía. Pues el sentido de existencia del Ente estaría basado en no asimilar su lugar en el universo, su asilamiento, y tratase de unirse a otros mediante la fuerza alterna. ¡Casi como Xetrov! «Todo en un principio explotó, todo se separó, ahora, ¡el gran Ojo negro nos unirá! a qué costo. »
Doliente, rasgándose en agonía, toma consciencia de que el Ente es todo lo que quiso ser, que tan sólo fue una dramática inferencia hacia el final de su existencia. Ahora, el ser será engullido por el agujero negro, incluido en el ideario de Xetrov, quien inerme yace, sin anhelo. Quizá dentro de un cosmos finito de posibilidades, sacando una última inferencia, lo llamase de manera grotesca, pudiese ser su nombre: «humano».
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J. Santiago Silva Grimaldo Vortex
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