Dualidad en re menor
“To forgive is to suffer”
Chuck Schuldiner
I. Las Dos Bestias
Son sólo dramas del sueño. Son animadas flamas que trasminan su violencia y su tranquilidad. La Bestia resurge desbocada cuando no tiene con que cubrirse y busca, cuando le han arrebatado su cordura. La Bestia clama, cuando sus sentidos sangrantes no pueden ya percibir de manera mansa. Las Bestias son bestias aunque una se contenga más que la otra, porque se incitan ambas a ser lo que son. Odian, al fin, el monismo aburrido de su creador. En la respiración angustiada del desamparo, es posible atisbar como relámpago, la elucubración de las aladas bestias.
Una de ellas excita el espacio con alas lozanas, hermosas, abrigadoras, enternecedoras, y un largo cualificar; aquél en que se conforma lo irreal. Su cara embriaga. Los ojos ásperos y sus lágrimas van a un lago misterioso que es conocido en los dos mundos. El encanto de su refulgente ser, enceguece y hechiza a la que osa amarle.
La otra bestia que espera mientras juega, está dibujando rostros en la noche; es horrible, temible y traicionera. Su hálito causa desfallecimiento, sus alas baten el caos que provoca su palpitar furioso. Su deforme espalda dibuja escaleras hacia las crines espantosas de su corona cubierta de larga cabellera. Los ojos que reflejan el fuego, son abismos, en los que penetra la eterna melancolía. Las fuertes piernas que lo llevan por doquier, son martillos que logran temblar la inmensa superficie de la locura; donde él, devasta su armadura que se renueva día con día.
Todas estas adjetivaciones son palabras que se guardan en arcas impacientes por ser utilizadas. He aquí pues, un momento intrínseco en el que dancen, ¡qué existan temblado en los sonidos velados del pensamiento!; pero, no de la garganta que las hace contorsionarse en pequeños espasmos. Sean así aún, incipiente río que dibujará las caras de las Bestias aladas. ¡Despierten a la tentación!
II. Desde la oscuridad
Contra la luz corre mi silueta
en mis miembros hambrientos
que se lamentan
es la negrura... es la violencia
sin ropa, más negrura...
¡Soy loco habitante!
añejado ósculo en un destello
de la luna que mira y ríe
de mi se burla.
Soy la negrura...
invité al otro,
el que ha cambiado
afable sedicente.
-Hipócrita- le reprocho
ufano todo lo vuela
entiende y sobrevive
pero, ¿para qué?
si no me voy
por eso lo invité
a mis praderas
de abandono
palpitantes, latentes
de conspicua soledad
-¡Aquí soy Rey!-
¡ah!... bajo mi voz
el murmullo del terciopelo.
-¡Necesito¡-
clama la tormenta
de mis ojos
cae fuego.
Y duele, arde
gravada incuestionable
la Pena que corre
los campos informes
...desesperada
en busca de ficciones.
III. La Pena
Ayer mientras de puntas quería cortar un suspiro en la pradera, vi recostada la navegante Pena, estaba rojiza y cansada. Su pecho lastimoso era trémulo, con cada temblor una gran nota resonante en Re menor caía como lluvia. Yo no quería más escuchar. Mis alas se batían animadas y mis miembros ardían por dolor de mis ígneas cuentas, que desde mis ojos, eran sacrificadas. Le propuse entonces una persecución salvaje – aquellas en la que nos deleitaba ir fustigándonos y flagelándonos con dulzura la conciencia-, sabía que yo era un casi probable ganador porque ella estaba agotada de cabalgar esas llanuras indómitas. Me erigí pues cuando, la Pena enfurecida por el reto sardónico, aceptara tan sólo para alcanzarme y fundirse conmigo.
Sentía sus bríos, en mi espalda llena de espinas; sabía que no podía darme alcance. En nuestra vía enloquecida derribamos árboles que escurrían en óleo. Matamos criaturas que timoratas y estúpidas quisieron saber del gran terremoto que corría. Nuestra velocidad era vertiginosa aun de no utilizar mis alas, sólo por diversión. De pronto, clavó su aguijón en mi cuello. Pero tuve tiempo de saltar en aguas del lago Ataraxia. También ella cayó. Salí para cantar mi elegía y... mi Pena aún no sale. La he esperado en vano con una daga lista a ser usada en sus ojos púrpura. No creo que se ahogase.
Ahora, clamo a la luna, y se desmorona en secreto susurrante, porque ella cantó con lamentación la historia de otra Bestia –estúpida criatura de necedad maculada- que enseñó a nadar a la Pena en salmuera, refugio de lágrimas. Es un momento donde el tiempo se dará soplo, ocultándose en sus olas mismas dando sensación de que se ha ido, dejándome cantar…
IV. Mi elegía
Emergiendo del agua
pude llorar fuego
¡Una vez más éste cielo!
amenaza sin aire
negrura mojada
sólo eso, glifos negros
indescifrables, enfermos.
El aguijón fue atroz
sentía y ya no siento
ese cíclope alfiler
dador de impotencia
al arrepentimiento.
Batiré mis alas con odio
derribaré las copas
de los árboles sangrantes.
Sacaré dolorosos átomos
de las piedras del abismo
cuando agite mi cráneo
drogado por el toque
insondable de la Pena.
¡Grávame!
sólo una vez más
por favor sale del agua
¡necesito que me graves!
te doy mis alas, ¡surge!
¡por ti existo!
logra que huya la ataraxia
espantada hacia el cielo.
¡No me escuchas!,
sentado a la costa
la nostalgia envenena.
¿Quién me empujará
a la pasión en deseo?
¿Quién perturbara
el prurito deformado
en las noches plenas?
¡Oh Pena!
grávame una vez más.
dame tu flagelación.
Inyecta desvelos
en ardientes piernas
incítalas a correr
por vertiginosas praderas.
Atraviesa mi corazón
disuelve mis ansias
en inopia coaguladas
lasitud en jazmín arrobada
iniquidad de la gracia.
¡No me dejes!
Unos cabellos gélidos
que la catatonía deslizan
raspando violencia,
sí, la que me vivifica
el nervio encendido
que me pinta rojo
cuando a la turba
proclamo iracundo
en agitados mares
del revuelto cielo
en colores abigarrados.
Pecaminoso cielo
ante los ojos ardientes
de mi antónima Bestia
pleitesía con lo obsceno.
Recuerdo hirviente
motivos en lividez
ahora en esta orilla
mis piernas son piedras
mi alas son telarañas
demacración aciaga
soy deleite del miasma.
Dentro, muy dentro
en el abismo intrínseco
que me da alientos
el gran demonio
el dador de pecados
habla...
Estremece mis venas
acelera el cause
de mi sangre fría.
¡Demonio ensimismado!
demonio corruptor
que descubre velos
tejidos por aquella Bestia.
¡Inútiles velos!
pensaron negar el mal
al demonio visionario
en mi inserto, sembrado
mientras observaba
en el agua los vórtices
delirantes, agudos
¡vastos de sabiduría!
dueños de la soberbia
mentores del orgullo.
Me quitaron la luz
encendí la mía
pero no fui solo,
¡Oh vórtices inexorables!
cegadores de las dos Bestias.
Pero, sí hay belleza…
Los agitados llanos
filosos, asfixiantes
de vértigo colmados
producen placidez
a mi ennegrecida alma
cuando caótico devasto
con mis alas azules
las estepas febriles
que satisfacen ansias
la tormenta de mi prurito
deleite de mis pecados.
Soy el sueño de la muerte
en lágrimas envuelto
recorro mi propia agonía
que con mis impulsos desangro
...sobre negras violetas.
Soy el habitante del lienzo
que mientras alguien observa
abandonado soy junto a la Pena.
Soy pincel aciago, indómito
entrañable desafiante al cielo
lienzo que mío fue hecho.
Soy la mancha indescifrable
por el aullido externo,
inmarcesible fuente
donde la Pena embriaga.
Soy líquido alquimista
creador de una sustancia
derramada en la hierba
fruto de la ira y de la tristeza.
El hundimiento de la Pena
será como la luna eterna
presagio al nuevo diablo.
¡No, la luna no lo quiera!
No habrá quien me incite
quien me siga como aquella.
(Carcajada catártica)
¡Te he amado demasiado!
¡En cadenas sufro!
desde la maldita noche
que besé tus muslos
níveos igual a tus senos.
Suspicaz seductora
¡Sale, libérate de la Ataraxia!
¡Ven y grávame!
antes de que vengan
las destructoras gotas
que mi destilación emana.
Son lágrimas que rasgan
agua que delata
vienen y liberan,
destruyen mi amor...
por mi ahogada Pena.
En insoportable calma...
así permanece
callada, terrible
¡Dime algo!
Creo que estoy loco
Sí..., creo que he enloquecido.
El agua no se mueve.
El agua que se atragantó con la Pena, parece digerirla mientras duerme. Si no fuera por mi temor enorme... me arrojaría en su busca. Pero no lo voy hacer, es más grande el lienzo que mi amor por la pena. Tal vez, porque sé lo que del otro extremo me afecta.
Nunca la besé. Quizá ella me besaba y no me di cuenta. Lo hacia tal vez, cuando al temblor potente de la tierra flagelaba mi corva y, derramaba sangre a las praderas. Lo hacia acaso, cuando enfurecida me miró a los ojos y creí que los sacaba de mis cuencas, con su magnetismo inmenso. Por ventura lo hacia, en el momento que su carcajada aguda, martirizaba mis oídos. Todo esto es más fuerte que la ocasión que, por accidente toqué sus hermosos labios –lo más hermoso de ella- y me recobró en fuerzas para seguir arando la pradera. ¿Qué es la belleza?, ¿esto es amor?, ¡amo a quien me inmola el alma!, pero, no,- tal vez no- a quien en el abandono me deja.
V. La Tormenta
Se disuelve el horizonte
entre polvo y violencia
formando olas de temor
lívidos incontenibles
en la amargura
en la ira contenida
en el deseo con dientes
...¡Ah!, mis sienes tiemblan
en los ojos de la noche
las perforaciones de la oscuridad...
¡Qué se humedezca la tierra!
Me sostengo en la montaña...
mis ojos se extienden, se van...
se licuan, uniéndose a mis gritos...
¡Qué se levante el caos!
¡Quiero batir mis alas
con la furia inaudita
de la acumulación!
¡Quiero bañar los campos!
que se diluyan o que cambien
¡Quiero rasgar los colores!
esos mortuorios colores
que envenenan y dilatan
la asfixia en Re menor.
¡Soy la Bestia!
¡Fornicaré con la tormenta!
¡Soy hombre alado!...
...escúchame concubina del sol,
¡Yo te besaré!
Ella me ha abandonado
mientras los cielos furiosos
me cazaban en éxtasis
consagrado al demonio
de las mil espinas.
Es menester de la sombra
estallar en las noches,
violar los campos
con sus melancólicas garras
que aprisionaran la semilla
de la pasión en Re menor.
Vaciaré mis cuencas
si no regresas...
¡Vuelve!
Los gritos de la Bestia son ecos dotados de dagas que traspasan los confines del lienzo. Posee huracanes tirando de sus pulmones que, revuelven la tristeza ansiosa de desilusión. Arcaica furia de transformar y llenarse de gloria, de ser el conquistador; el que venció a las formas del pincel y, amar a su bellísima Pena, en la fortaleza que sus alas levantaron.
¿A quién, encenderán sus miembros cuando, a la que ama, ahogándose de aburrimiento en la Ataraxia se traspasa?
¡Ostinato enardecido!
gotas delgadas perennes
libadas en líneas del pasado,
Polifonía del encapsulado ataque.
Es momento, presiento que algo viene, se aproxima con brío. Me derribará de la cima, me arrastrará de mis miembros por la polvorienta ladera.
VI. Remembranza
Yazco, irremediable, sintiendo todo el peso del caos en mi cuerpo. Es el aire que corre en el silbante recuerdo de la sinfonía del frenesí, bailada con mi Pena la noche de la gran erupción. Sus movimientos candentes iluminaban mis alas con peligro, mis garras tocaban su cabello ardiente mientras yo gozaba quemándome y gritando, unificándome con esa mujer escalofriante cubierta de espinas. Aún siento los acordes traspasándome; los trémolos atacando mi pecho dejándolo en trance; aún tiemblan mis venas por dentro al deslizarme en los tiempos magistrales de la sinfonía.
La música parte el aire
hace a un lado y descubre
son las primeras notas
que penetran lúdicas
en la inocencia muda
en la ignavia sorda
presión a oscuras
pintura incompleta.
Mejor hubiese sido nunca escuchar la mortual música, que se encierra en un remolino más allá de las indómitas llanuras donde juguetean los súcubos. Ahora es condena obligada el recrear en mi carga llena de espinas, los sonidos multiformes que caen sobre mí como lluvia de abrojos, conformada lluvia.
Recuerdo, ¡Oh no!, otra vez, con fragante dolor que me turba y descontrola. El instante, la gran sinfonía nota por nota. Gran obra apoteótica que inmortalizaran los cuervos caídos en sus embates. Seductora melodía de inconmensurables caricias mortales.
En la montaña esperaba, mis cabellos danzaban, en maraña guiada por el aire. Era pureza salvaje, era priapismo inocente, mis garras sólo temblaban. Mis pupilas eran ansia de reflejar vastedades, incrustando piedras en mí. Amaba el cielo esperando reflejo. Sabía de algo nuevo, lo sentía en mis alas, extendidas en su presagio vil. Las llamas en mi espalda se avivaron, con un sonido misionero del viento en celo. En consternación encorvado, cubrí mi sombrío rostro, escuchando melodías, por primera vez...
VII. El Ojo Sonoro
¡Qué diferente escucha!
no susurra como el loto
en giros por la laguna,
no silba como el sauce
ahíto de suspiros viejos
y no exhala igual, ¡Oh fortuna!
que el doloroso aguijón
de la mano célica.
Inédito aire que penetra
y se queda... un momento.
Volaré hasta su origen...
Reflejando mi pasión
en el suelo.
Volaré tirando alas,
deshojándolas cual plumas
de alguien que busca la muerte.
Volaré llameante impalpable
partiendo el mar
de mis gritos.
Volaré inocuo
dándome ese placer
que evito, con mis piernas...
Volaré bajo esta invención
de oscuridad enclaustrada
ilusionado, sin rastro, volaré...
Lujurioso, tirando nieve, volaré.
Todo pasa mientras vuelo
nada fluye mientras me encajo
desde las nubes
todo llega cuando vuelo.
¡Oh! brazos que dan
premura palpitante
ansia hasta al fin.
Tal era lo que ahora llamo canto
agrandando mi pecho inocente
del invisible fuego que vibra.
Ahora...
Deseo tocar otra vez
la pupila que estremece
cual tristeza de la tormenta.
Sentir en mí la entropía
como suicidio guardado
en los arrugados labios.
Acariciar el lamento del eco
obstinado,
de amantes necios que gritan
hacia dentro,
siempre cuando el sol ignora
y hace sufrir
derrochando su belleza.
Inspiración sonora
perfume que dilata
las faldas de la pena.
Cúpula que esparce
y regresa los segundos,
reverberando el dolor
de las llagas sempiternas.
Inspiración sonora, lejana
hacia dentro trasminada,
recuerdo de la húmeda tarde
canto preludio a la ensoñación.
Una sola vez
encontré la voz de ella.
Así, amo quien quizá
pulule en el infinito
vendiendo dolor al melancólico
requiem de la inocencia
que viaja para encontrarse
agridulce fortaleza
siempre en nuevas bestias.
¡Arcas del segundo consagrado!, estarán embriagadas por la eternidad, mientras escuchen la voz que pervierte, que obliga, tan simple, por dar luz a los ojos recién nacidos, disipando todo hacia el paraíso dopado.
¡Oh diálogo con las nubes!
me has quitado la gravedad
presión reincidente...
círculo trasmutado espiral.
¡Sirva el iracundo rito!
suave en el crepúsculo
ardiente sobre la elevación
que da la tierra sobre el sol.
Encima estoy de la luz,
¿o hacia su constado?
meditando a la locura
en el hielo...
Era pues la voz...
disfraz líquido del cielo,
la piel sin capullo
que filtraba espasmos
de dulce placer.
Espirales aéreos
colores armónicos
de la ninfa que acaricia
el miasma donde asesina.
En verdad acaricia…
Es el cristal que salta
en las cataratas.
Es la cáscara del hielo
redentor en el infierno.
Es la mano materna
después del aguacero.
Es pestaña nerviosa
en desahogada mejilla.
Es tenue... sólo tenue
y se sueña, llorada.
Es aliento en mi espalda,
de una mujer que duerme
Y aumenta latiendo
los gritos arrítmicos
guiándolos cual ovejas
lascivas por sedientas.
Ahora el sonido brama
mi furor fricciona
provocando montañas flamas.
Y lloro...
Aspirando los bosques negros; sintiendo el plomo del cerco celeste; mirando la piel húmeda del exhibidor; suspirando ser el próximo; sacudido por las columnas del cielo; ¡rompiendo el cristal del exhibidor!, porque, las lágrimas, son ajenas.
Pena, así cobras
esas gotas de impureza.
Esas horas líquidas,
desiertas, que descubren.
Contraluz de la gracia.
Te pago sin recelo
esa sinfonía dual
que calcifica los ojos
pero, que supera al Leteo.
¡Pero qué esperar
de este lugar
que todo lo confunde!
Todo lo convierte
a metáforas de pecado
aberrante.
Buscan mis carnes inventadas
la descarga de la comunión,
sentir el origen sobre el tiempo
y desgarrar la esencia del temor.
Brillan los legatos desafiantes
en contraste del cielo carmín
convulsiones del lienzo
trascendencia que dobla
devenir de la tormenta
es la efervescencia de mi alma.
Música eterna, de los ecos...
VIII. La Locura
Música siempre del mar,
salvajes médulas del desencanto
matices robados al dolor
vías eternas a la muerte
encono de la misericordia
cuando más sufro
cuando fatiga es el alma
cuando el espacio se condensa...
cuando el sol es tornado.
Miénteme en plenilunio
como la sombra del dragón
fantasma descarriado del calor
Calcíname en el aire
como la hoja del sauce llorón
arrojada de fríos suicidios libados.
Sobredosis venéreas al alba
licor y memoria convulsiva
aroma de sismos violáceos
carne en colmillos herida...
Lujuria hilada en labios, sangre.
Música, del mar, siempre del mar
suspicaz en las crestas seductoras
en los peñascos, es gris, tanto que atraviesa,
libertina en las colinas, redentora.
Cuerda de frío matinal
de mis miembros de herido color
despedida hirviente
hacia los demonios
desconsuelo amenazante,
se arroja del vuelo.
Quijadas desafiantes al caos
fugitivas aprendidas por la locura
remanencias cercenadas por rabia
En capullo púrpura encontré a la Pena. Los pétalos de la flor sangrante, saliendo su letargo, despedían un perfume hecho de médulas agonizantes, de aceites emanados del monte venus. Destellando desde el centro, la soledad que se avecinaba. El abandono. Regalo en néctar del algún concilio divino, que malévolo pretendía llenar mi vacuidad de sufrimiento. La soledad es el abandono del cuerpo, pero, es el encuentro con los demonios que aguardan apretujados en las esferas del abatimiento, en los nichos del rencor, en los nidos de la desilusión, en las ideas asesinadas por el obnubilado amor.
Entonces, tomé a la Pena de sus garras, y bailé con ella, sobre la noche.
Y se unió a mí con sus espinas...
tragué su hálito con ansias
libé su sudor lamiéndole la cara...
esa, su faz, era hermosa, hechizante
Desnuda, o armada
Lujuriosa, malsana
Incitadora futura, esposa...
Dispuesta a destrozar
sus hímenes en la pradera...
Gema en tinieblas
copa del cisma
suculento de aroma
a la punición fatal cadena.
Vestida por mí fue
de guirnaldas eléctricas
clavé en su vientre mi ira
elevado cual abeja.
Noche remembrada bajo la noche...
El trance que confundí inagotable parece haber muerto con el ahogamiento, yo lo miré descender por el lienzo, era seco, y abandonaba mi soledad...
IX. Despertar Trimegisto
El pincel se derrama amarillo en los confines del panorama. Inunda los ojos de la Bestia, quien despierta, aún, junto al lago donde se fue la Pena.
Resaca de piedra antigua
menester del mal sonoro
fuego en mi cráneo de bestia.
Aprisionado entre lacrimosa lava
el vapor hirviente de mi pecho,
mil gritos en oscuridad callada.
Solsticio desatado, alfiler enorme en mis llagas
seta que orbita mis matinales eclosiones
Pira mesmerista deliciosa
inmanente de dioses ebrios
amiga entrañable del dolor.
Estación magnética a la esencia
ropaje de los nervios punzantes
angustiosos ósculos de la tierra.
Mañana milagrosa, impertinente por obsequiar la aletheida
se acaba la seta en astillas del mediodía.
Un poco, el agua se mueve...
los ojos robados a la noche
pueden ser mesías tornadizos...
Distancia, de dónde emana
paredes brumas en el agua
se deslizan sobre la Ataraxia.
Espacio, hijo de la noche, agudo estridente, pincel de garra
última gota exprimida en la lengua, que se acerca al agua...
X. Preludio a la devastación
Lechos gastados por la infinitud del lamento
calcinados por aromas funestos del atardecer
nunca como hoy, se es ángelus de hielo
lanzando piedras al horizonte con fuego.
Mi espíritu se condena en asta ignominiosa,
es el centro condensado y altivo que me da miedo
gime dando pequeños gritos austeros, previsores.
Soberbio centro demiurgo del pecado, del hastío
Portales ilusorios en mi desencanto, gravados
soy al fin gravado, ¡mis alas son tan pesadas!
lo que anhelé se tatúa en mis venas de sal
lo resisto aunque la sabiduría me revele.
Sabiduría que quema al revolver sus hojas
en busca de la pócima sin salivas ilusorias
Oh sabiduría inhóspita de mis carnes
prostituta hacinada al ángel inocente.
Ilusión, eres ángel.
Muere ángel, qué muera tu reminiscencia
¡tufo último de mi piel llena de espinas!
yo te doy el sueño por el que vuelves
cuando sonrío, multiplicado me expulso.
Acaso... eres... la felicidad... ¡No!, eres fantasma...
¡Ángel muere!
Muere, desdichada imagen impresa en gotas lúdicas y perezosas. Muere y saca tus escombros de mis cuevas; ruinas traídas de los palacios de los amantes constructores de ácidas quimeras. Muere y vacía los toneles de agua amarga, enteogénica. Agoniza primero para el brillo de mis cuencas, que evoque un conato de felicidad dentro de mis alas. No me importa que tu fatal espíritu, en postrimero ataque quiera revivir; yo sabré asesinarlo otra vez rasgando tu piel de reptil divino, ¡Son tan intrínsecas tus dramáticas formas como las impresiones que laceran! Eres esclavo, Oh ángel, de ti mismo, de tus mortajas envenenadas, de tus brumas que saben a esperanza, de tu multitud de segundos consagrados. ¡Agoniza!, quiero obtener sabiduría con tu hermosa muerte.
XI. Catarsis de la devastación
Cíclope estallido de la enfermedad
fecundo y negro regazo de la violencia
¡hermano gemelo de la erupción!
¡Enfréntame! soy la lujuria enrojecida
Soy un hijo del caos, emputecido
que se arranca las uñas con sus ojos.
Soy bañado por sangre de tormenta
y los colores son bañados de blanco
soy espíritu con cuernos retorcidos
que busca ciego su libre albedrío.
Muerte paciente de caricias serenas
no seas dulce ahora, escurre abierta
mi sincera amiga, lujuria en morfina,
polvo que viene desde adentro
y atraganta todas las entrañas de rabia,
temblor en las garras, ¡nocturno y feroz!
impulso de ira, se contiene y explota
hacia la llanura en infinitesimales odios.
Por esta ansiedad de devorar existo
sintiendo florecer los enojos sembrados del ayer
por la vastedad del panorama al ser ahíto.
Vienen genios malignos que atacan al creador, lo seducen con amargura, no le permiten ver morir a la bestia.
Morir con furia es no querer dejar el cuerpo, es darle realce a las sensaciones más que a mi alma. Es querer que mi cuerpo se sacuda aunque yo esté muerto, ¡muerto danzante sin espíritu!, mi alma es la fuerza y necesita dejar cansado el cuerpo antes de marcharse, conmigo. El dilema del suicidio es lento desde la infancia, hay veces que viene en dosis enanas; son las veces que el placer roba indulgencias con parsimonia, con calma. ¿Quién ha aceptado ya la muerte?, ¡quién!, yo he vivido amando mi dolor, porque desde crío mis células empezaron a abandonarme, quedándose impregnadas en las ramas. Acaso, desde entonces comencé con mi suicidio.
¡Sólo los vegetales!, sí, sólo ellos no aceptan, inermes reciben la muerte, no tienen la tentación el suicidio.
Nautas silogismos en mares delirantes, se desbordan por mis ojos. Es la vastedad invisible de la amargura. Es la crisis esquizofrénica del corazón.
Una vez que partí hacia la locura, no puedo detener el giro salvaje de mi mundo. Los genios malignos no impelen mi muerte, ¡no indultan el pulso de Thánatos! Oh siluetas que dijeron amarme, les tengo un obsequio de mi más oscura sublimación; oh señuelos de lactante falsedad, morderé con rabia la piel que les da recuerdo; oh delirantes atrofias en las manos, les haré despertar para que culminen con su pecado. Demonios que me habitan, ¡escúchenme! ¡Les daré el lujo de mi destrucción!
Mis pecados giran al tiempo que camino por el puente del piano. Las voces lejanas, me susurran incesantes. ¿Cuántos preludios necesito para morir?, a qué lugar iré lleno de mortajas. Sigilosa reflexión entre fosfenos fustigantes.
Me hundiré por fin en las aguas del lago.
Tragaré halitos de mi mundo…
Es más terrible mi intrínseco viaje
que mi jornada de óleo rasgado,
los demonios me han corrompido
es tiempo de dejarlos en la muerte.
Qué tragedia sería verme en el agua
y saber que nada creé en mí
inundarme de certeza que soy ajeno
incluso, a suspicacia de mis pecados.
Catarsis dorada sin cielo abismal
delgada sangre hacia arriba
solsticio ardoroso, sátira del fin
¡Eyaculada ruptura en mi cosmos!
Rojiza materia del recuerdo agridulce
desencanto al regreso de los ojos.
Mi piel se sacude las llagas que me han cegado tantas y tantas veces. Se sacude neurosis devastadoras que impelen mi pecho al agua. Sólo algo morirá.
He vaciado la mesticia en mi rostro. He cavado pozos más largos que mi hondura. He meditado la cólera quemándome las manos. He visto mis fantasías alargarse hacia un horizonte sangriento. He colgado holandas de mis nervios, necrófilos excelsos. La Pena, es fruto de mis más grandes dilemas.
Yo, he sido, nadie reconozco me obligase a mortificar mis horas en desvelo. Sólo me basta saber que he cantado a lo que ha impelido mi lienzo y ha jugado a ser fatalidad de mi camino.
En este tiempo que gocé la soledad hasta un orgiástico capricho, pude contemplar la flama y el áurea de mi dolor. Me separé de todo. Rocé con gracia abismal la locura metafísica. Soñé con ojos negros, la vida que no había reconocido. Ahora, me lanzo hacia ella, hacia la vida misma y espero… no morir en su búsqueda, en el vacío.
XII. En el lago
¿Cómo penetrar cargado de emociones… en la Ataraxia?
Yo, que he amasado el caos, como una mancha ardorosa en mi vientre.
Y clama siendo llanto… se despelleja lentamente desde adentro.
¿Imaginaría antes, que sufriría mi catarsis al perseguir mi Pena? ¡No!, el que fui, el que ahora goza en el olvido, era tan ciego en ardor vano y pasional. ¡Ah!, el olvido, nadie escapa de su gélido infierno; es portal a lo incierto que fue verdad. Si no existiese, no sería imbricada mi alma en contraste de instantes; todo permanecería sin fluir a ese vacío. Es el sentido de la nada.
Tiembla siendo llanto…
Heredo toda mi ira al lienzo constreñido de lamentos. Dejo mis enajenaciones violentas a las manchas sagaces del pincel amargo. Me despojo de mi necrofilia en este lago, y aquí quedará flotando hasta que algún viento añejo le esparza.
El lienzo se enrojece en re menor, al no querer que su hijo primogénito desfallezca.
El agua es caliente y fría al tiempo. No existen intervalos. La tensión es la calma.
Las crines es lo último que se asoma por la superficie de la Ataraxia.
XIII. La transmutación del cuerpo
Acuática, siento la caricia última del fenecer. Todo es un profundo sueño, aún más dentro de la solución de este alcaesto.
Se disuelven mis ansias, se transforman junto al agua… simplemente se van, tan fácil lo hacen, que me entristezco por todas las noches de cansina locura. Mis alas pierden su brillo maligno. Mis ojos se suavizan ante los contornos. Mis garras sienten algo más que ellas. Mis piernas cual martillos permanecen como estigma de valor y fiereza.
¿Por qué fenecer por mi Pena?, ¿por qué perder mi identidad en cruenta querella?
No debo quedar perplejo; mi mente ahora sabe las respuestas. La Pena ya no existe, se ha dispersado, algo de mí debía ser ahogado con ella.
Juan Santiago Silva Grimaldo Vortex